Lunes , 16 septiembre 2019
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325 kilómetros por Asturias y Cantabria, con la mochila al hombro (II): el río Dobra y el camino hacia Bulnes

Continúa el relato (esta vez desde un punto de vista un poco diferente) de un viaje en el que, mochila al hombro, fuimos haciendo caso a nuestros pies y a nuestro instinto; sin decidir de antemano en qué lugar comeríamos o dormiríamos. Por carreteras, caminos y sendas de León, Asturias y Cantabria.

 

Generalmente se dice que los planes, cuanto menos se preparen mejor salen; pero parece que esto se nos olvida cuando salimos de vacaciones más de dos días (y quizá también con la edad, jajaja…). Aquel viaje estaba saliendo a pedir de boca, así que aquella mañana, tras haber hecho la Ruta del Cares el día anterior, únicamente me faltaba cumplir un deseo que llevaba intentando realizar desde que llegué a Posada de Valdeón… ¡Correr! Sí, la verdad es que entre los paisajes que nos rodeaban y ver a tanto deportista el día anterior en la ruta, tenía auténtico mono. Sin más ni más, me calcé las zapatillas y salí a encontrarme con uno de los caminos que había visto al volver de la ruta. Tras dudar un poco qué camino tomar, decidí bajar hasta el mirador del Tombo (que el pasado agosto cumplió 50 años), un lugar bello y emblemático donde me esperaba la escultura de un rebeco y unas estupendas vistas. La ida por caminos de tierra estuvo muy bien; la vuelta absolutamente cuesta arriba, se hizo durilla (mira aquí información sobre esta ruta y otras cercanas).

 

Al llegar de vuelta a la casa rural Ezcurra, mi compañera ya había organizado prácticamente todo el equipaje, así que bajamos a desayunar y a hablar con el dueño, que era bastante simpático. La estancia en aquel lugar nos dejó un buen sabor de boca.

 

Como casi todo en este viaje, salimos prácticamente sin un rumbo fijo. Y aunque siempre sabíamos si ir “hacia arriba”, “hacia la derecha” o “hacia abajo”, la verdad es que seguíamos improvisando. La ruta en este caso nos llevaba rumbo a Arenas de Cabrales y se diría que el nombre venía muy acorde (por lo “cabra” o “salvaje”, jejeje)

Caballos salvajes - InshalaTravel

Caballos salvajes

con todo lo que aconteció a continuación, y es que a lo largo de la carretera no dejábamos de ver verde, árboles y plantas, y ¡venga más verde! Hasta que en un momento dado… –”¡Mira!”– …nos quedamos maravillados al ver a un grupo de caballos salvajes trotando tan felices a unos metros de la carretera. Una imagen muy bucólica y tierna, ya que se percibía que eran una familia. Nos paramos con cuidado para hacerles unas fotos y se notaba perfectamente cómo los padres protegían a las dos crías de nosotros. Precioso.

 

Nuestro objetivo era ir sin prisas, así que cada vez que veíamos un paisaje que nos gustaba, parábamos el coche y disfrutábamos. En una de esas paradas, y continuando con la racha “naturo-caprina”, vi que abajo al fondo del lugar donde habíamos parado fluía el río con un color… muy atractivo. Ni corto ni perezoso, me tiré barranco abajo, haciendo manos en algún momento para no matarme, y me remangué los pantalones al llegar a la orilla del río. Me descalcé y me di el gustazo de sentir el agua helada en los pies, ya cansadetes de conducir. La subida de vuelta no fue fácil, pero valió la pena.

 

Tan pocas prisas llevábamos que enseguida se nos hizo la hora de comer. Tenía yo en mente parar en la mítica Casa Morán, en Benia de Onís, un lugar donde hacen una de las mejores fabadas de la zona y el motivo por el cual iría siempre: ¡el mejor arroz con leche! Nos dirigimos allí y al llegar vimos que el pueblo se encontraba en fiestas (el 15 de agosto celebran la Fiesta de Nuestra Señora de Castru), y un montón de paisanos vestidos con trajes regionales paseaban por la calle; sobre todo niños, algunos de ellos tan pequeñitos que los trajes les hacían parecer embutidos como morcillas de Burgos jejeje. “¡Noooooooo!” No podía ser… Casa Morán estaba cerrado justamente ese día. Qué decepción. Vista la hora y la situación, decidimos tomarnos algo en la terracita del restaurante vecino. No era ni de lejos lo mismo, pero al menos pasamos un buen rato viendo a la gente del pueblo en sus fiestas.

 

La Olla de San Vicente. Con la mochila al hombro. InshalaTravel

La Olla de San Vicente

Seguimos, mochila al hombro, el camino que nos dictaban los pies… Habíamos oído hablar de una ruta desconocida para nosotros y de una belleza singular, por la ribera del río Dobra. Y aunque teníamos que deshacer parte de los kilómetros recorridos por carretera, para allá que nos fuimos, a hacer la ruta de la Olla de San Vicente. El lugar donde comienza el camino no es obvio (en la carretera N-625, a unos seis kilómetros de Cangas de Onís, el camino parte justo al lado de un restaurante), pero las indicaciones nos llevaron directos. Ya desde el principio de la ruta te ves envuelto en una mezcla constante de colores verdes, montaña, río e incluso un precioso puente muy similar al de Cangas y que, aunque un poco más abandonado que aquel y sin una cruz que lo adornase, nos pareció mucho más agradable por la falta de afluencia de gente. Allí estaba, sólo para nosotros. Continuamos el camino marcado, disfrutando de una temperatura perfecta y de la vista del cristalino río Dobra, con sus zapateros “caminando” sobre el agua, y sus saltos aquí y allá, junto a los que apetecía quedarse eternamente por el relajo que proporcionaba verlos y escucharlos. Tras un buen rato de caminata comenzamos a escuchar el rumor de gente; estábamos llegando a la Olla de San Vicente. Se trata de una hermosa laguna situada entre árboles y rocas naturales y dividida a su vez, también de forma natural, en dos pozas. Vimos a la gente bañarse allí y, cómo no, comencé a cambiarme de ropa con la intención de darme un chapuzón. A mi compañera le echó para atrás la temperatura en ese momento, porque la verdad, entre los árboles y a esas horas, ya hacía fresquete. Yo me metí en el agua casi con espasmos de dolor de lo fría que estaba, pero aún así conseguí dar un par de brazadas; aunque me salí del agua rápidamente porque me daba la sensación de que me faltaba hasta el aire (aunque ciertamente orgulloso de “tamaña hazaña”). Tras el chapuzón, volvimos poco a poco sobre nuestros pasos hasta llegar de vuelta al coche, contentos de haber encontrado esta ruta BCS (buena, corta y suave de perfil).

 

Satisfechos, pusimos de nuevo rumbo hacia el Este, buscando un buen lugar para dormir cerca de otra puerta de entrada a los Picos de Europa. Hicimos un intento en el camping de Arenas de Cabrales, del que teníamos buenas referencias, pero era imposible la improvisación en aquella época del año. Así que buscando, buscando, encontramos una pensión donde pudimos alquilar una bonita habitación de colores, junto al río Casaño. El original nombre de la pensión era Pensión Casaño y lo mejor de todo era que estaba cerca de la carretera que va a Puente Poncebos, nuestro destino al día siguiente…

 

 

…tras un buen desayuno en Cabrales, cogimos la carretera de nuevo hacia Cangas de Onís… porque antes de subir a Puente Poncebos quisimos acercarnos a uno de los muchos miradores de la zona desde el que puede admirarse el omnipresente Picu Urriellu, también conocido como Naranjo de Bulnes (aunque en estas tierras siempre encontraríamos referencias al primer nombre y muchas menos al segundo). Allí disfrutamos de una excelente vista de la mítica cumbre, en un entorno difícil de olvidar.

 

El Picu Uriellu. Con la mochila al hombro. InshalaTravel

El Picu Uriellu

Nuestra aventura del día era subir caminando a Bulnes (no al Naranjo, obviamente, sino al pueblo) desde Puente Poncebos, en una ruta que nos recomendó precisamente nuestro amigo de la casa rural de Posada. Tomamos la carretera AS-264 que circula junto al Cares hacia Puente Poncebos, y aparcamos el coche en un parking unos kilómetros antes de llegar a la localidad asturiana, ya que arriba era prácticamente imposible dejarlo. Teníamos la opción de esperar a un autobús que hacía la ruta desde el parking al pueblo, pero decidimos comenzar ya la caminata para disfrutar cuanto antes del paisaje. Hasta hace unos años, la única manera de acceder a Bulnes era por el camino que nos disponíamos a emprender, de tal forma que frecuentemente sus apenas 50 habitantes quedaban incomunicados. En 2001 fue inaugurado el funicular de Bulnes, salvando así los cerca de cinco kilómetros y más de 400 metros de desnivel, y potenciando la zona como un destino privilegiado de turismo rural (con sus pros y sus contras…).

Macetas singulares, Bulnes. Con la mochila al hombro. InshalaTravel

Macetas singulares, Bulnes

Como valientes que somos, una vez en Puente Poncebos, comenzamos la escalada a la vera del río Tejo, con una nueva parada en sus heladas aguas para refrescarnos los pies… ¡¡Mira que nos gusta ponernos a remojo!! Y esta vez mi compañera no se resistió al desafío… Las guías de rutas y senderos indican que la subida a Bulnes dura alrededor de hora y media, en constante subida y poniendo a prueba cuádriceps y gemelos. Pero supongo que eso es lo que deben tardar los paisanos habitualmente, porque con las inevitables paradas para tomar resuello o, simplemente, disfrutar del paisaje, su flora y su fauna, resulta un trayecto al que es ciertamente recomendable dedicarle más tiempo. Desde luego, el esfuerzo valió la pena, porque Bulnes es un pueblo precioso. Lo primero que hicimos al llegar fue buscar un sitio en el que reponer fuerzas con una buena comida (si no recuerdo mal, el banquete consistió en una cerveza bien fría y unos huevos fritos con patatas que nos supieron a gloria); después, un buen paseo nos ayudó a hacer la digestión. Una bonita ermita, casas de piedra y madera con macetas hechas con botas viejas de montaña y carretillas, calles adoquinadas, la presencia bien tangible del río… Y un mirador desde el que también se podía ver el Naranjo (curioso, porque siempre había oído que Bulnes era el único lugar desde el que no se veía el pico que lleva su mismo nombre). Empezaba a hacerse tarde y tocaba bajar de nuevo a Puente Poncebos y, de allí, hasta el coche, así que nos despedimos de Bulnes, con esa nostalgia que le queda a uno cuando tiene que tomar el viaje de regreso… Nos prometimos a nosotros mismos que la siguiente vez que volviéramos, pasaríamos allí una noche. Bajamos al coche ya algo cansados, pero disfrutando una vez más del Cares a nuestro lado, y bien contentos por la gesta.

 

De vuelta a la realidad del coche, nos dimos cuenta de que la ruta nos había llevado más tiempo de lo esperado y, debido a nuestro plan de no planificar, no sabíamos aún donde pasaríamos la noche. Viendo los días que aún nos quedaban por delante, decidimos probar suerte en Panes. Allí nos salvó un kiosco de información, en el que aparecían multitud de teléfonos de alojamientos. Tras unos primeros momentos en los que parecía que Panes también estaba al completo (más tarde descubriríamos que también andaban en fiestas), al final conseguimos un apartamento que regentaban los dueños de una cafetería, Los Arcos se llamaba. Una ducha, un descanso y una cena de tapeo fueron el colofón de un día largo y lleno de emociones.

 

 

                                                                           Texto: Álvaro

                                                                                                Fotografía: Álvaro y Huck

 

Accede aquí a la galería de fotos:

 

 

 

 

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8 Comentarios

  1. Qué ruta tan bonita!!! Por Dios, qué hago sentada en la oficina 7 horas y media, con una contractura de narices!!! Seguro que haciendo esta rutita se me quitaban todos los males.

    Un saludo.

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    • Jajajaa, estoy convencida de ello :D
      Para mi una de las mejores sensaciones del mundo es estar agotado y que te duela todo el cuerpo después de una jornada de travesía por caminos y montes ;) ¡Eso cura todos los males!
      ¡Un abrazo!

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  2. Tal como has descrito el recorrido, me estaban dando ganas de trasladarme a Asturias ya mismo. Lástima que aún no se ha inventado la teletransportación :-) Como bien dices, muchas veces los viajes o itinerarios no planificados, son los que mejor salen. Sobretodo cuando estás dispuesto a dejarte sorprender y a dejarte llevar. Espero tener la oportunidad de conocer estos parajes próximamente.

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  3. ¡¡¡Adoro Asturias!!! Hasta el punto que nuestro viaje de novios fue a Cantabria y Asturias, pero muchos de los sitios que mencionas no los conozco y me han entrado ganas. Gracias por compartirlo y darnos la idea!

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    • Gracias a ti por tu comentario, Cristina.
      Bonito viaje de novios :)
      Esta zona tiene rutas increíbles y, como ves, nada difíciles de recorrer… ¡Así que te animo a que vuelvas!
      Saludos!

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  4. Casi me da vergüenza reconocerlo, pero nunca he visitado el norte del país (exceptuando la zona norte de Galicia, claro). Es la mayor de mis tareas pendientes y espero cumplir con esa ruta pronto!
    Un saludo!

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    • Jajaja… Nada de vergüenza. Yo, siendo de padres andaluces, hasta este verano no había estado nunca en Cádiz, y seguro que volveré :) A ti te pasará lo mismo con el norte de España, estoy segura :) Lo mejor de nuestro país es la variedad de paisajes, gentes y tradiciones que te puedes encontrar.

      Gracias por tu comentario. Y muy interesante tu blog :) Me ha encantado el post sobre las cosas que aún no sabes hacer (no estás sola en la primera ;) aunque en mi caso es que hace tanto tiempo, que tengo que volver a aprender…)

      ¡Un saludo!

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