Viernes , 10 abril 2020
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Destino Casamance (IV): El Centro de Protección de menores de Kandé

Al día siguiente de visitar el proyecto de Cineastas en Acción, nuestro amigo Alvar Jones, delegado de la Cruz Roja en Ziguinchor, nos ha preparado una visita a uno de los proyectos que apoya su organización: el Centro de Protección de menores de Kandé. Alvar es consciente que nuestra expedición busca visibilizar proyectos de organizaciones pequeñas, donde la Cruz Roja tal vez no tendría lugar, pero insiste en que conozcamos al equipo de personas que forman su contraparte, por la entrega y dedicación que han demostrado en estos últimos años.

 

Ubicado a 5 kilómetros del centro de la ciudad, este centro fue fundado en 1971 con el objetivo de servir de centro cívico para la cantidad de población que se desplazaba a la ciudad a causa del fuerte éxodo rural. Con los años se convirtió en un centro de protección de menores, gestionado por un órgano gubernamental, el DSPS (Dirección de la educación vigilada y la protección social), que fue abandonando poco a poco la institución, hasta el punto que en 2004 llegó a acoger únicamente a cuatro alumnos.

 

Saliendo de la ciudad, el verde del paisaje que nos rodea contrasta con el lamentable estado del asfalto. Profundos socavones que obligan a los conductores a realizar peligrosas maniobras para esquivarlos, y que ponen a prueba la dureza de los vehículos. Al tomar la desviación hacia el centro, Alvar nos señala sutilmente a unos chicos que se encuentran en el cruce de la carretera con unas cajas de herramientas en el suelo. “Son chavales del módulo de mecánica que reparan bicicletas . Con este tipo de iniciativas se busca que el Centro se autogestione” nos indica Alvar, demostrándonos una vez más el aprecio que le tiene a este proyecto.

 

Entrada al Centro de Protección de menores de Kandé. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Entrada al Centro de Protección de menores de Kandé. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Al llegar a nuestro destino nos viene a recoger un senegalés grandote, que viste una camisa de manga corta con unos colores muy llamativos. Es Emile Dienné, Director del Centro, quien nos invita a las oficinas para que charlemos un poco antes de visitar las instalaciones. De mirada sincera y con mucha energía en sus formas, Emile nos invita a sentarnos en el despacho que comparte con el administrador, rodeados de papeles, clasificadores y todo tipo de trastos de oficina.

Allí nos explica que hoy Kandé es uno de los cuatro centros que existen en Senegal para prevenir la delincuencia juvenil y para favorecer la reeducación de jóvenes que han sufrido problemas con la justicia o con sus familias. Desde 2010, el Centro trabaja con el apoyo de la Cruz Roja en la reinserción educativa y profesional de jóvenes huérfanos, desplazados por el conflicto armado, discapacitados, y en general “chavales” en situación vulnerable.

 

Emile Dienné, Director del Centro. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Emile Dienné, Director del Centro. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Tan solo siete personas forman un equipo que ha conseguido reinsertar a más de 180 jóvenes en apenas un año, y que mantiene una tasa del 90% de aprobados en el examen de final de estudios medios. El Gobierno senegalés se encarga de pagar los salarios de estos trabadores, mientras que la Cruz Roja apoya al Centro con infraestructuras y material técnico para los alumnos. “Nunca hay que tirar la toalla” – nos dice Emile – “Hace unos años, este Centro estaba tan abandonado por el Gobierno, que ni siquiera se preocuparon en cerrarlo. Actualmente, en cambio,  no damos  abasto.”

 

Salimos a visitar las instalaciones  del centro y lo primero que nos muestran es el colegio. Antes de entrar en cada aula, nos sorprende el silencio absoluto que impera en ellas. Esa calma total se ve rota únicamente por la monótona voz del profesor impartiendo su lección. Desde fuera, nunca diríamos que las aulas están abarrotadas de niños y niñas, pero la fuerte implicación en el proyecto de los profesores, en su mayoría muy jóvenes, mantiene a los alumnos atentos y eso repercute en sus buenos resultados.

 

Interior de un aula. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Interior de un aula. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Nuestra siguiente parada son los talleres de formación profesional. Aquí es donde reside la fuerza de este Centro, y lo que lo distingue realmente de otros proyectos.

Siete módulos que ofrecen un amplio abanico de salidas laborales para los jóvenes de la zona. Primero llegamos al edificio donde se encuentran los módulos de peluquería y costura, albergados en su totalidad por mujeres. Y es que no podemos olvidar que la sociedad senegalesa mantiene un fuerte sentido de la tradición, y mucho más en las zonas alejadas de la capital. Pero como en todos lados, los frutos del desarrollo económico están llevando a pequeños cambios de mentalidad, y este proyecto es fruto de ellos.

 

Alumnas del módulo de costura.  Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Alumnas del módulo de costura. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

 

Cambiamos de edificio, para visitar la “zona masculina”, donde se imparten los módulos de carpintería, soldadura y mecánica de vehículos. En cada uno de ellos notamos la presencia de pocos alumnos, pero con mucha actividad, lo que demuestra el sentido práctico que se les quiere dar a los talleres. El objetivo no es únicamente formar y ofrecer salidas laborales, sino que cada módulo sea autosostenible económicamente.

 

Los chicos de la entrada son un ejemplo de ello en el módulo de mecánica, pero todos los talleres buscan un hueco en el mercado, y así los alumnos de carpintería nos enseñan orgullosos una cama con el cabecero tallado que realizaron como práctica y que saldrán a vender al mercado por un precio más económico de lo habitual. Con lo que obtengan, podrán comprar más materiales para seguir aprendiendo.

 

Taller de soldadura. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Taller de soldadura. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Por último, damos una vuelta por el huerto, que con tan solo una hectárea de terreno, cumple una triple función dentro del sistema de autogestión. Por un lado, abastece de alimentos al módulo de restauración y alberga el módulo de agricultura, aunque con muy poca afluencia de alumnos. “Los jóvenes no quieren trabajar la tierra”, nos dice Babakar Mbowu, el técnico agrícola encargado del taller, enfundado en la pulcritud de su chilaba blanca, y con la tranquilidad y la elegancia dignas de un sabio. Esta generación de jóvenes que llenan el centro, salieron de sus poblados para abandonar la vida del campo y buscar así mejores condiciones de vida en la ciudad.

Para ellos, trabajar en la finca es lo que hicieron sus padres y sus abuelos, y representa pobreza y precariedad, mientras que  a través de “empleos modernos”, aspiran a obtener ingresos y mejorar así su nivel de vida y el de sus familias que todavía se encuentran en las aldeas. Una consecuencia directa más del éxodo rural que está sufriendo el país, como antes lo sufrieron igual todas aquellas sociedades que se vieron afectadas por el desarrollo industrial.

 

Babakar Mbowu. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Babakar Mbowu. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Pero la función más interesante de esta parcela, la encontramos representada por  una mujer joven, de pequeña estatura y vestida con telas al estilo tradicional, que lleva trabajando la tierra desde que llegamos. Se llama Awua Saama y es una de las representantes de las 17 familias que tienen derecho a una parcela de terreno en el Centro. Con 33 años tiene 5 hijos, y gracias al proyecto consigue obtener cada mes 15.000 Francos (unos 22 euros) para alimentarlos. “Hace tres años no podía hacer nada”, nos comenta con una gran sonrisa antes de volver a su faena. Esta posibilidad que le ofrece el Centro, de recolectar en sus tierras y vender los productos en el mercado ,se realiza de una manera totalmente comunitaria.

 

De la producción total que generan, el Centro se queda con dos quintas partes de la producción para los módulos de formación y para obtener algo de ingresos con las ventas. Y las tres quintas partes restantes se destinan enteramente a estas familias que trabajan día a día la tierra, y que no tienen otra posibilidad de generar ingresos. Para ellas, igual que para los alumnos, el Centro les permite la posibilidad de salir de la extrema pobreza en la que se encontraban, a base de trabajo y tesón.

 

Awua Saama. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

Awua Saama. Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

De vuelta, en la sede de Cruz Roja, Alvar nos presenta a Jean Pierre Gomis, coordinador del programa para la protección de la infancia en Ziguinchor, quien nos hace un buen balance de lo que acabamos de vivir:

 

“La evolución del Centro de Kande podría representar una metáfora de la situación de los jóvenes de la Casamance. Partiendo de una situación dramática, y sin apenas medios, han conseguido relanzar el Centro a base de trabajo. Cuando hay tanta motivación y tantas ganas de hacer, un simple apoyo basta para salir adelante”.

 

Texto: Antonio Grunfeld
Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

 

Para ver la galería de fotos, pulsa sobre cualquiera de ellas:

 

 

 

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Un comentario

  1. ES una buena noticia que el gobierno de Senegal apoye economicamente estos proyectos, al fin y al cabo es una inversión en el futuro del país y ellos tienen la obligación de mejorar la vida de los senegaleses aunque los recursos sean escasos. Un saludo

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