Sábado , 24 agosto 2019
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Senegal. Destino Casamance (V): Futur au Présent (Futuro en el Presente)

Pasado ya el meridiano de nuestra expedición, nos queda un proyecto que visitar en Ziguinchor. Antes de adentrarnos continente adentro hacia la región de Kolda, en la frontera con Guinea Bissau, conoceremos el proyecto que más huella nos dejó en nuestro paso por La Casamance (región de Senegal).

 

Siempre guiados por nuestros buenos amigos, el equipo se encuentra cada vez más a gusto en un país que brilla por su hospitalidad. Son muchos los factores que hacen de Senegal la mejor puerta de entrada al África Subsahariana: la amabilidad de sus gentes, la facilidad para obtener visados, la estabilidad política, la baja inseguridad en sus calles o la magia de su cultura, entre otros condicionantes. Esta última se desprende especialmente de las charlas con quienes se cruzan en nuestro camino. Incluso en niños y jóvenes, pero sobre todo en ancianos, esa tranquilidad en su forma de hablar, mezclada con el carácter reflexivo propio de su estilo de vida, transmiten una sabiduría marcada por el apego a la tierra y a los seres humanos, muy en sintonía con el continente africano.

 

Artista senegalés. Fotografía: Antonio Grunfeld y Ramón Montero

Artista senegalés

 

Uno de los impactos más fuertes que recibes al llegar al país es la cantidad de niños y niñas mendigando en las calles de cada ciudad. Es algo a lo que nunca llegas a acostumbrarte. Como extranjero, y desconociendo por completo la problemática, siempre es difícil reaccionar éticamente ante esas situaciones: te gustaría ayudar con algo, pero nunca sabes a dónde va a parar ese dinero. No quieres ser como tantos “blancos” que llegan a África como los Reyes Magos, repartiendo dinero y caramelos a todos los niños que se les acercan. Pero tampoco es fácil negarle la ayuda a un ser tan pequeño.

 

Niña acogida en la organización FAP

 

Llamamos a Timothée Ndone, cofundandor y coordinador social de Futur au Présent (FAP), una pequeña y joven organización que trabaja con “los niños de la calle” de Ziguinchor. Comenzaron su actividad en 2012, y en muy poco tiempo han conseguido albergar a veinte niños y niñas en sus instalaciones. Esa noche Timothée nos cita a las 9 de la noche en la estación de autobuses, donde comenzaremos a vislumbrar la magnitud del problema.

 

El equipo de FAP acoge voluntarios internacionales

Por el día, las estaciones de autobuses de las urbes africanas son lugares muy bulliciosos, caracterizados por una algarabía mayúscula, que te obliga a tener todos tus sentidos alerta. Vendedores ambulantes que te ofrecen todo tipo de productos se mezclan con un sinnúmero de empleados de las compañías de transporte, sin contar con la gran cantidad de pasajeros y transeúntes que se desplazan de un lugar a otro. En este caso llegamos de noche, cuando el trasiego ha parado, y el panorama ha cambiado por completo. Ahora reina la suciedad, camuflada en parte por la mala iluminación. Las pocas farolas que quedan encendidas nos dejan ver los últimos puestos de comida del día. Las luces de algún coche rezagado nos descubren siluetas cobijadas en la oscuridad. Timothée llega en moto, junto a su compañera Marine Fourié. Juntos construyeron este proyecto y dos veces por semana se echan a las calles para alejar a los niños de ellas. Normalmente se trata de huérfanos, que huyen de la violencia de su familia adoptiva, o del caciquismo de los líderes religiosos conocidos como Marabús. Estos últimos manejan escuelas coránicas llamadas Daras, y para financiarlas envían a los niños a mendigar, obligándoles a aportar una cantidad al final del día. El castigo por no conseguir tal suma suele ser motivo de fuga de estos jóvenes, que prefieren dormir en la calle antes que sufrir la brutalidad del adulto. A estos niños se les conoce como “Talibés”, y FAP fue la primera organización de Senegal que además de darles cobijo y ayuda psicosocial, comenzó procesos judiciales contra los Marabús que abusaban de ellos.

 

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Niños acogidos en la organización FAP

 

“Aquí en África, la educación es a base palos”, nos comenta Timothée mientras deambulamos por la estación sin ningún éxito. Nos subimos a las motos y comenzamos a rastrear las calles de Ziguinchor. En la primera parada nos cuentan cómo Ibrahim, un niño de 12 años, tras pasar un tiempo en el centro, les llevó a los lugares donde se esconden estos chicos con frecuencia; y cómo él mismo convenció a Malá, de 14 años de edad, para que conociese el centro.

 

Niño acogido en la organización FAP

 

Ibrahim salió de Guinea Conakry junto a su hermano mayor, debido a la mala situación económica de su familia. Ambos huérfanos de padre, llegaron a Kolda, donde consiguieron trabajo como sastres, pero pronto Ibrahim decidió emprender el camino a Ziguinchor por su cuenta. Pero llegar no es nada fácil, y más si tienes solo doce años y no hablas francés. A mitad de trayecto, se quedó seis meses en una ciudad intermedia, “haciendo trabajillos”, y esperando poder juntar el dinero suficiente para llegar a la capital de la región. Cuando lo consiguió, se vio inmerso en la misma realidad que sufren tantos niños, donde la única manera de ganarse la vida es mendigar. Por las noches deben buscar refugio en los recovecos del mercado o en la estación de autobuses. En cualquier lugar donde no sean vistos por la policía, para evitar así pasar unos días en los calabozos, rodeados de delincuentes.

 

Ibrahim y Malá

Una noche de tantas, el equipo de FAP le invitó a llegar al centro. Como la mayoría de niños, primero desconfió, pero acabó conociendo las instalaciones. “Estaba impresionado. Ni siquiera lo podía creer. En Guinea eso no existe”. Ahora está estudiando en un módulo de serigrafía, y nos comenta que le encanta el confort del centro: los colchones, dormir la siesta, el trabajo, el estudio, pero sobre todo la comida.

 

Él fue quien acompañó al equipo de FAP en una de sus salidas nocturnas, para mostrarles los lugares donde se solía esconder. Allí consiguió convencer a Malá, para que se acercase al centro, y actualmente son muy buenos amigos. Malá nació en Kolda, y trabajaba allí como ayudante de soldador. Quería cambiar de trabajo porque su jefe le pegaba, pero su padre no le hacía caso. Así que ahorró 1.000 francos (1,5€) y consiguió llegar a Ziguinchor para sufrir el mismo destino que tantos otros. “No confiaba en ellos, fue Ibrahim quien me convenció”. Actualmente estudia en el módulo de soldadura, y en el futuro quiere tener su propio taller. “La alfabetización está muy bien, la necesito para mi trabajo”, nos comenta desde uno de los columpios que hay en el jardín del centro.

 

 

FAP no solo son las siglas de Future au Présent (Futuro en el Presente) sino que también es una palabra en diola para describir la manera en que las mujeres cargan a sus hijos a la espalda. Como ellas, esta organización se está abriendo camino a base de esfuerzo y de juntar a un gran equipo de personas, con mucha motivación y fe en su trabajo. Juntos afrontan uno de los principales problemas humanitarios del país, donde el centro de su actividad es el bienestar de la infancia y su principal objetivo es brindarles un presente y un futuro a estos niños y niñas. Para conocer más en profundidad el proyecto a través de sus protagonistas y ver el ambiente que se respira en el centro, hicimos este vídeo donde ellos mismos nos describen las dinámicas de trabajo y sus objetivos. Si además queréis más información, podéis visitar su página web: www.futuraupresent.com.

 

 

 

Para ver la galería de fotos, pulsa sobre cualquiera de ellas:

 

 

Texto: Antonio Grunfeld
Fotografía: Ramón Montero, Antonio Grunfeld

 

 

 

 

 

 

 

 

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