Lunes , 17 febrero 2020
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El turista accidental (I). Villach y los lagos austriacos

 

Catedral de San Gaudenzio. Novara. Italia

Catedral de San Gaudenzio. Novara. Italia

Aaah… La bella Italia.
 

¡La de veces que pude hacer aquel trayecto! Yo creo que aquel fue el comienzo de mi pasión por conducir, porque si no… no lo entiendo. Conducir por Italia es… pesado. Después de más de un año allí, había rodado de un lado a otro y estaba claro que cuando te salías de las autopistas la cosa cambiaba como del día a la noche.

 

Tenía mi campamento base en la calle Corso Torino, en Novara, una pequeña y tranquila ciudad entre Milán y Turín al pie de los Alpes italianos, cuyo único mérito es tener la cúpula más grande del mundo, tras la de San Pedro en Roma, erigida en la Catedral de San Gaudenzio. Disponía de mi tarjeta verde de residente en Italia (aunque, a pesar de ello, carecía de ciertos privilegios como poder domiciliar mis recibos o disponer de una cuenta corriente normal). En aquel entonces, el cliente para el que trabajaba mi empresa tenía todo funcionando y no necesitaba a nadie permanentemente en la fábrica, por lo que mis jefes decidieron que fuese a ayudar a otros colegas que trabajaban en el mismo sector pero en Austria, concretamente en la ciudad de Villach. Esta rutina de apagafuegos me permitió viajar bastante y disfrutar de otros países.

 

Villach es una preciosa ciudad a 550 kilómetros de mi residencia en Novara y a unos 250 al noreste de Venecia (en donde también he parado alguna vez que otra), atravesada por el río Drau. La ruta desde Novara se desarrolla casi en su totalidad por la autopista A4 que va de oeste a este, desde Turín hasta Trieste, con algún que otro peaje. La ciudad está muy cerca de Udine y de la frontera con Italia.

Hacía esta ruta todos los fines de semana (más que nada para pagar mis recibos e ir viendo si la casa no había sido devorada por el polvo). Alguno me lo tomaba de descanso y me quedaba en Austria, pero no era lo normal. En Villach, desde casi cualquier lugar de la ciudad se podían ver los Alpes orientales, y en aquella época la nieve les daba un toque… de postal. Tenía mi habitación en Warmbad, un barrio cercano al centro. Lo regentaba un señor bastante seco, pero a la vez amable, con el que me comunicaba en una mezcla de italiano, inglés y mis cuatro palabras de alemán. Tenía hasta una pequeña habitación a modo de gimnasio en la casa. No era caro y me pillaba cerca del trabajo.

 

Tuve la suerte de trabajar en una fábrica en la que nos permitían vestir con un uniforme que consistía en un chándal y unas zapatillas de enfermero, debido a que estábamos constantemente colocándonos el traje de sala limpia y era mucho más fácil vestirse y desvestirse. De esta guisa, se podía salir al patio de la planta de fabricación de microchips y contemplar desde allí un paisaje muy hermoso de esta cara de los Alpes. Al entrar, nos calzábamos de nuevo nuestras vestimentas de astronautas venidos a menos y trabajábamos hasta las 16:30h, hora razonable de salida tanto de alemanes como de austriacos. Valoran su vida privada y la disfrutan en familia, y ¡quién soy yo para decir que no!

 

En otra de mis aventuras por el mundo, concretamente en Alemania, me dio el pronto de comprarme unos patines en línea para aprender a patinar. Me los llevaba en el maletero a Villach, de tal forma que pude practicar allí. La zona donde se encuentra Villach está rodeada de innumerables lagos, muchos de ellos artificiales. Son el fruto de horadar en la tierra para extraer arena que se utiliza para obtener el silicio necesario para la fabricación de semiconductores (como la fábrica donde estaba yo), y cubiertos de agua después. Una de mis rutas favoritas era la ruta al lago Silbersee, un camino de varios kilómetros pensado para bicicletas, peatones o patinadores que hacía la vida más fácil (qué gran cultura del aire libre y del uso de medios de transporte alternativos tiene esta gente). La ruta llegaba hasta el lago, que tenía una isla (también artificial, obviamente) en su centro. Allí dejaba mis patines, me quedaba en bañador y nadaba hasta la isla central, me secaba, me calentaba al sol y volvía de nuevo a nado hasta la orilla. Claro, claro, ya sé lo que puede pasarse por la cabeza: “¡¿Y si te quitan la ropa y los patines?!”, una idea muy española. Allí no se veía pobreza, ni vandalismo, ni se leían noticias relacionadas con la violencia; la picaresca tal y como la conocemos, simplemente no existe. Pensar que alguien puede siquiera tocar algo que no es suyo, ya es raro. Luego volvía por la misma ruta hacia mi hotel, viendo por el camino a un montón de deportistas o gente paseando a sus animales… En una de esas ocasiones incluso vi a una austriaca paseando… ¡la correa sola! No, no, no, es que al final de la misma casi no se llegaba a ver una bonita marta cibelina blanca que corría delante de ella. Me acerqué a acariciar a este pequeño y bello animal, al que tuve que arrancar los colmillitos de mi mano para poder zafarme de su presa (¡qué mala gaita tienen estos bichos!). No sé si llegué a aprender a patinar, pero me lo pasé bomba en mis rutas, no sin algún sustillo que otro por mi torpeza con los patines.

 

Lago Faaker-see Foto: http://www.ferien-kaernten.at

Lago Faaker-see
Foto: http://www.ferien-kaernten.at

La extensión de zonas verdes es impresionante. Pude ver varios lagos más de la zona. Quizá otro de los más grandes y hermosos es el Faaker See (ya intuimos lo que significa el sufijo “see”). Este lago tiene un auténtico parque a su alrededor con una extensión espectacular, y con todo tipo de facilidades para poder realizar cualquier actividad o poder pasar un día de campo sin ver un solo coche durante horas. Es complicado bordearlo en un breve espacio de tiempo si vamos caminando, porque es bastante grande. Tanto es así, que al igual que el Silbersee, tiene un “islote” (más bien una península al unirse por un enorme puente) cerca de una de sus orillas, donde uno puede alojarse en un hotel construido allí mismo, el Inselhotel Faakersee.

 

Existe otro lago incluso más grande, el Wörthersee, de más de 24 kilómetros de longitud, aunque no saqué tiempo para ir a verlo.

 

No es de extrañar que se vea a la gente con tan buen estado de salud, tan atléticos o que haya tantos deportistas de élite provenientes de esta zona del mundo. La calidad de vida es bastante buena.

 

 

                                                                                                                      Álvaro

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2 Comentarios

  1. Magníficos lugares Álvaro. Toda la región de los Alpes y sus alrededores siempre me han parecido que comparten un acervo común y un modo de vida admirable, íntimamente ligado a las montañas y a los bosques y que sus habitantes ejercen con una gran naturalidad el orgullo de pertenecer a ello. Enhorabuena por la entrada.

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    • ¡Gracias Joseba! La verdad es que me sentí bien acogido, pero además pude comprobar de primera mano la excelente calidad de vida que ostentan los que viven en esa zona.
      Me temo que los amigos de Inshala aún te harán sufrir con la parte (II) :) :) Abrazos

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