Martes , 4 agosto 2020
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El turista accidental (II). De Villach a Viena… ¡y Ljubljana!

Por la noches la marcha en Villach era… digamos que nula. Algún pub animado que cerraba pronto, pero poco más. Allí comprobé por primera vez por qué dicen los extranjeros que a los españoles nos gusta la fiesta; claro, comparados con ellos, un paso de Semana Santa es el desfile del orgullo gay. Recuerdo una noche en que unos colegas de la fábrica me llevaron a cenar y a tomar algo. Intentaban hablar en inglés, pero al cabo de un rato se cansaban y comenzaban con el alemán (“austríaco” según ellos); así que, a pesar de tener un acento muy suave comparado con los alemanes (lo que hacía más “fácil” pillar alguna palabreja) era imposible seguir una conversación. Los austríacos no beben en exceso (quizá sólo lo hacen cuando vienen a España…); por eso el primer día que quedamos y me tomé una cerveza (tamaño “caña”), al salir estaban todos preocupados porque me fuese en mi coche al hotel (a 10 minutos de allí). Se aprecia su responsabilidad y preocupación, pero ciertamente son bastante extremistas.

VILLACH

Villach, Austria (Foto: www.villach.at)

Por ello la segunda vez, y para
que no me diesen el tostón, fui en transporte público. En aquella segunda ocasión me llevaron a otro local, donde me decidí a probar un whisky de la zona.
Me quedé con los ojos como los
de un dibujo animado japonés cuando vi a la camarera que utilizaba una huevera (seguro
que habéis visto alguno de estos artilugios que se utilizan para comerse un huevo pasado por agua) para servirme una “dosis” del licor, y tras lo cual pretendía cobrarme un dineral. No sin recibir unos cuantos gruñidos, aspavientos, gritos y quizá insultos en su lengua (ojos que no ven…), conseguí con ayuda de mis colegas hacerle entender que para un madrileño aquello era casi ofensivo. No os creáis, fueron diez minutos de lucha para conseguir que me escanciase huevera y media más, y encima que me cobrase el doble, pero me salí con la mía y pude disfrutar de aquella libación, no sin cierto regusto a victoria.

 

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Ópera de Viena. Galería
(Autor: Traumrune)

 

Uno de los fines de semana que no fui a Novara al chequeo periódico, me decidí a acercarme a Viena. Tres horas y pico de coche era la inversión de tiempo que había que hacer en esta ocasión. Buenas carreteras para llegar a una ciudad que me sorprendió por su belleza organizada: en Viena puedes ver un monumento detrás de otro casi sin desviarte de tu camino. Una vez más debía ser práctico y darme cuenta de que sólo tenía un día para disfrutar de la ciudad (dormir allí puede resultar costoso, sobre todo si no reservas estancia). Así que ni corto ni perezoso me embarqué en un autobús turístico que hacía una ruta por la ciudad. El itinerario principal era un anillo que bordeaba la ciudad y pasaba por los edificios más emblemáticos, como el de la Ópera de Viena o el Ayuntamiento. Paseé por algunos de sus jardines y acabé sentándome frente a la Ópera, en la cafetería del mítico hotel Sacher (que pronuncian “saja”), donde probé con el café la tarta de chocolate que recibe el nombre de dicho local. Estaba buena… pero vamos, las he probado mejores. Curiosamente, en la mesa de al lado se sentó una familia de Cantabria con los que pude charlar un buen rato, compartiendo experiencias y un rato de libertad de hablar en castellano. Acabé mi jornada con otro paseo junto al Danubio (no azul) y por el parque del Palacio Belvedere.

 

 

 

De vuelta al hotel ya estaba maquinando mi siguiente escapada fugaz para otro fin de semana, aunque aquello ya iba tocando a su fin…

 

Y es que desde la ciudad de Villach, parecía que todo estaba a mano (Italia, Hungría, Eslovenia… incluso Croacia). Con mi curiosidad insaciable y el placer de hacer kilómetros, estaba perdido. “¿Que tengo Eslovenia a menos de 45 minutos de coche y Ljubljana, su capital, a una hora? ¡Vamos allá!”. Dicho y hecho. Armado sólo con un jersey, por si acaso (a pesar del calor que hacía esos días), y mi documentación, cogí mi coche de alquiler de empresa, me puse una camiseta con la bandera de Austria en el pecho y me planté en la frontera con Eslovenia, que en aquel entonces no pertenecía a la UE. Me pidieron el pasaporte y me hicieron esperar. Y siguieron haciéndome esperar…  Me enviaron a alguien que hablaba inglés y comenzaron a hacerme preguntas.

Yo pensaba “un español de Madrid, cuya oficina central y su jefe están en Grenoble (Francia), con un coche alquilado en Italia, que está pasando una temporada en Austria por trabajo y que viene de turismo a Eslovenia…” Un dislate…  No se lo creían, y sus caras lo decían todo. Me hicieron bajarme del coche en un lugar apartado y comenzaron su búsqueda: tapacubos, maletero, asientos, capó… ¡Todo! En un momento dado, me di cuenta de que uno de los agentes miraba el asiento del acompañante donde había dejado mi cartera a mano, para ir tirando de la tarjeta cuando llegase a los peajes. Cuando vi que echaba mano de ella me dirigí a él y se la quité. Una cosa era una inspección del coche y otra distinta que cotilleasen mis efectos y documentación personales. Llamaron incluso a mi empresa (era domingo…). Al final, tras no encontrar nada, como era lógico, me dejaron pasar. Eso sí, una hora después.

 

Me dirigí a Ljubljana. No sabía si encontraría, como ocurría en España, muchas cosas cerradas. Curiosamente aparqué cerca de un mercadillo tradicional (al estilo del Rastro madrileño) y comencé esta nueva aventura dándome una vuelta por allí. Con la cercanía a Rusia y la Europa del este en general, podías encontrar desde abrigos del ejército alemán, hasta insignias del ejército o la policía rusos (de hecho me compré una), pasando por sorprendentes pistolas y granadas de mano vacías. Lámparas, planchas, bicicletas de la época de la guerra, objetos antiguos, verduras, frutas… Era un bonito mercadillo (lo de -illo es por darle un nombre genérico, no por el tamaño) con mucho ambiente, que se alargaba por la orilla del río Sava (de hecho, el río se bifurca durante varios kilómetros para luego volverse a encontrar, dejando una parte de la ciudad literalmente entre dos ríos).

 

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Escudo de Ljubljana
(DancingPhilosopher)

Hacía calor y me decidí a escalar la colina que lleva al Castillo de Ljubljana (Ljubljanski grad) y que se ve casi desde cualquier punto de la ciudad. Es un castillo del s. IX construido en lo alto de la ciudad. Tiene puente levadizo y todo, un bonito y blanco patio de armas (casi más propio del calor andaluz que de una ciudad del este de Europa) y la Torre del Mirador, que fue construida muy a posteriori aprovechando la posición estratégica del castillo, para que sirviera de alerta contra incendios o para avisar de posibles visitas, deseadas o indeseadas. Hay que pagar una pequeña cantidad para subir por su escalera de caracol, pero ofrece unas vistas espectaculares de la ciudad. Además, con la entrada se podía ver un vídeo informativo de la historia del castillo en un correcto castellano.

 

Ya era medio día, y acostumbrado ya al horario europeo, me bajé del castillo buscando algo para comer. Finalmente me quedé en la terracita de un restaurante.

 

En Italia había comido carne de burro y otro tipo de carnes extrañas, pero no había probado aún la carne de caballo; así que pedí una generosa ensalada y un filete de caballo. Jugoso, sin fibras ni nervios, la verdad es que no tiene nada que envidiar a un filete de vaca convencional.

 

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Ljubljana. Río Sava
(Autor: Zavijavah)

Un último paseo junto al río para hacer la digestión… Pasé por la Catedral de San Nicolás, con un interior muy luminoso y una bóveda con bonitos frescos. Esta vez sí, paseaba por la ciudad con la sensación de que me dejaba muchas cosas sin ver. Me hubiese gustado mucho continuar un poco más en la ciudad, pero volví a Villach antes de anochecer con otra muesca más en mi revólver. Esta vez, en la frontera, ni siquiera me detuve. Por lo que supe después, había mucho tráfico de coches robados que entraban en Eslovenia y de ahí los controles exhaustivos.

 

Mi periplo en Austria acabó felizmente y no volví nunca más. Continué trabajando desde Italia, poniendo en práctica mis nuevas habilidades de patinador y haciendo el “bombero” en otros países hasta el final de mi contrato. Pero eso… es otra historia.

 
 

                                                                                                                              Álvaro

 
 

 
 

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2 Comentarios

  1. Muy ameno Álvaro, la verdad es que tus historias son siempre muy divertidas. Por favor no tardes mucho en contarnos una nueva. Un abrazo

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    • Hola Joseba.
      Muchas Gracias!! No merezco semejante elogio :)
      Sacare tiempo de donde sea solo por ese animo. Abrazos

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