Lunes , 17 febrero 2020
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Imprudencia temeraria

Jardín en verano

 

 

 

Imprudencia temeraria pudiera ser una versión culta de estúpido riesgo. Expresión escuchada en cientos de informativos, qué hay de imprudencia en una plácida sobremesa de domingo y qué de temerario en un jardín ante la casa…

 

 

 

 

 

En poco menos de una hora voy vestida con malla larga y jersey térmico de cuello alto sobre los que me prenden un chaleco salvavidas rojo. No es el mejor día, reconoce nuestro anfitrión en la mesa del porche donde celebramos con asado, viandas y licores, pero no sabe negarse ante el resto que le apremia para salir en kayak. Como alternativa propongo un baño en una calita, pero el entusiasmo restante me hace claudicar.

 

La furgoneta nos lleva hasta la rampa de cemento que termina en el mar empleada para este tipo de embarcaciones que nunca he montado. No importa dicen, un amigo delante, otro detrás, remarán y se ocupan de manejar. Un hombro con problemas que me deja el brazo sin fuerza y cuya debilidad padezco hace semanas tampoco parece una traba: sentada en medio del kayak sólo he de dejarme deslizar por la belleza del mar, deleitarme con los acantilados que bordean la costa, aseguran.

 

Una vez en mar abierto, quiero regresar al instante. Las olas son cada vez más altas. El agua sobre la que nos elevamos es oscura, metálica, caemos sobre ella una y otra vez con mayor vértigo que en los vaivenes de un avión. Tenso las piernas mientras a mi espalda el amigo deportista canta y ríe ante mis lamentos que piden volver.

 

Hasta ese momento siento que yo soy el problema: mi miedo e inexperiencia. Todos los demás reman. Afanarme en aplacar mi vértigo. Respirar profundamente. No percibo apenas nada con ninguno de mis sentidos: no veo, no huelo, casi no escucho… solo siento miedo.

 

Hasta que el navegante a bordo del kayak individual, mi hermano, vuelca delante. Nos acercamos para sujetar la embarcación y que pueda izarse sobre la diminuta cavidad donde volver a colocar las piernas. La maniobra sobre un mar tan picado es dificultosa. La amenaza de rotura de tendón temido por la fisioterapeuta ante un esfuerzo, con mi brazo izquierdo casi inerte, apenas me permite colaborar sosteniendo un remo.

 

Ahora ya sí deciden volver. Hemos de girar y cuando enfilamos el retorno nuestra amiga alerta: mi hermano ha caído de nuevo, a nuestra espalda. Retrocedemos y repetimos el proceso que le permita subirse. Lo consigue pero en unos minutos vuelca por tercera vez. La barca está llena de agua. Optan por que les remolquemos sujetos ambos a una de nuestras cuerdas. E intentamos el regreso.

 

Mar brava

‘Mar brava’
@inmaluke

 

Nuestra amiga que no ha manejado antes un remo, sentada delante, entre mis pies, hace lo que puede. En lo que parece una eternidad el amigo a mi espalda intenta contrarrestar la fuerza de las olas que nos lleva mar adentro. Lento, muy lento. Noto la boca tan seca de terror que en un momento dado mojo los dedos en el agua salada para humedecérmela. Cada poco miro hacia atrás, quiero saber de mi hermano, temo que le perdamos. Solo veo su manita –qué pequeñas tiene mi hermano las manos- sujetando el cordel. Le pregunto cómo va. Que aguanta. Sé de su hombro con dificultades que a veces saca el hueso de su sitio. Lo he presenciado en otras ocasiones y sé lo que significa: dolor terrible e incapacidad de movimiento.

 

A ver si aguanto, le oigo.

 

Entonces, con la tensión que me agarrota las piernas, los dedos como hierros agarrando las cuerdas laterales de sujeción, pienso…

 

¿Qué pienso entonces?

 

No en mis hijos

 

no en las personas queridas

 

no en mi vida, esa que dicen te pasa en un instante en los momentos de peligro extremo… pienso –y más que un pensamiento es un anhelo brutal, rabioso, desesperada furia- que quiero estar ALLÍ.

 

En seco

 

En tierra

 

En duro bajo mi cuerpo.

 

Quiero estar en el momento en que voy a pensar en donde ahora estoy como pasado. Y voy a ese momento con todas mis fuerzas. A la vez me oigo gritar vamos a llegar, vamos a llegar, vamos a llegar, subimos y bajamos, subimos y bajamos, cayendo desde lo alto de lo que me parece un precipicio, cada ola… oigo el tremendo esfuerzo de nuestro amigo a la espalda por guiar la embarcación hacia una entrada de mar hacia la playa.

 

¡Derecha, derecha, derecha!… le grita a nuestra amiga, con todas tus fuerzas ¡ahora, ahora, ahora!… la pared de roca está cada vez más cerca, las olas chocan, se deshacen en alta espuma blanca, por el rabillo del ojo percibo gente en las laderas accesibles del acantilado, nos miran… y la pared rocosa a un metro ya, inexorable el choque, ¡derecha! ¡Con todas tus fuerzas! ¡Más, más, más! es lo último que oigo.

 

Volcar.

 

Siento la inmersión líquida. No veo con los ojos cerrados contra el agua salada, pero el borboteo rápido que llena mi nariz me trae a la mente la imagen de un cuerpo sumergirse entre miles de burbujas, me veo desde fuera de mí.

 

Hemos volcado. Salir, salir, salir… cabeza fuera, agua brusca contra la cara, respirar, escupir, respirar, calmarse, calmarse… mi hermano, los otros ¿dónde están?

 

Tranquilos, tranquilos, estamos bien, todos bien.

 

Mi hermano me repite ¿estás bien, estás bien? Sí, es solo miedo, puedo nadar, puedo nadar. Las olas me golpean en la cara, de frente, me impiden respirar, trago agua, escupo, eructo… ponte de espaldas grita mi hermano, de espaldas… lo hago, pero me angustio porque no veo la roca, la pared contra la que temo estrellarme, braceo… entre ellos se preguntan e indican sobre las embarcaciones, los remos… braceo y avanzo hacia la bocana y tengo una imagen de mí misma poniéndome a salvo sin ayudar a los demás que detrás han de ocuparse de sujetar y arrastrar de los kayaks. Así que retrocedo, nuestra amiga tiende un remo pensando me ayuda, lo tomo creyendo me ocupo así de algo… imposible nadar con el brazo derecho sujetando el remo y el izquierdo débil.

 

Suelta el remo, suelta el remo, apremia mi hermano.

 

Nadamos todos hacia la rampa, olas y rocas esquivadas… el cemento inclinado cada vez más cerca. Voy a llegar. Toco su borde. Arrástrate, arrástrate hasta arriba, grita nuestro amigo. Y lo hago, asciendo por la  rampa resbaladiza como medusa, pero al llegar a un punto una ola violenta me golpea y en su retroceso tira de mí otra vez hacia el mar. Me resbalo, me resbalo, no tengo donde sujetarme, veo una argolla brillante colgando del pequeño malecón, quiero asirla, pero no llego, mi hermano me grita, pero me angustio y no le entiendo… la fuerza de la ola me vuelve a hundir en un remolino que me sumerge y trago agua, largo, emerjo, mi hermano grita desde el otro extremo de la rampa, le miro y le digo: me voy a ahogar. Siento que si de nuevo la ola me envuelve en su retroceso, no tendré fuerzas para salir del remolino hacia la rampa y luchar por respirar.

 

¡Coge a mi hermana, coge a mi hermana! Nuestro amigo ya fuera consigue prenderme, me saca hasta medio cuerpo e intenta izarme hasta el borde de cemento para ponerme a salvo del todo, pero también está cansado, ha remado, nadado y tirado de la embarcación sin la ayuda del salvavidas, y no puede, pero ya sujeta por mí misma poco a poco salgo.

 

Vuelve a ayudar a salir a los otros.

 

En un minuto todos tendidos sobre la rampa de cemento.

 

Decenas de turistas nos observan desde el acantilado de enfrente, a los pies de un hotel. Los presentimos pasmados, como nosotros, que callados observamos como otra ola se lleva los kayaks del borde seco mar adentro de nuevo, tal es su fuerza.

 

Van a por ellos, yo ya no me muevo. Bajo la cabeza hacia los pies. Intento destensarme. Llorar, pero no puedo. Terrible desazón.

 

Qué ha pasado.

 

‘Rompeolas’
David Busto Méndez

 

Quizá porque la vida me ha puesto ante algunas, no voy tras situaciones límite. Creo que el destino ya nos aguarda con bastantes. Prefiero el placer a la pasión del miedo, experiencias placenteras qua las arriesgadas.

 

Lo que pasó es que erramos en la percepción de lo que nos contiene, dentro del cual se ama, piensa, sueña, construye… y teme, el cuerpo humano, nuestro pequeño envase en la inmensidad de un mar al que faltamos al respeto.

 

 

 

 

Leonor Paqué
¿Conoces su blog?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6 Comentarios

  1. pues mi perrita tiene una que cogí en este sitio http://eljardinverde.com/jardin

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  2. Inshala_Mig

    El mar nos proporciona grandes experiencias, positivas y negativas pero casi siempre inolvidables. Por qué nos lanzaremos los hombres -que no sabemos respirar bajo el agua- a navegar por encima de ella?

    Esta historia me ha recordado que he de contar una experiencia personal acaecida en el Océano Atlántico

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    • La curiosidad y el ansia de conocimiento es lo que ha movido a muchos hombres y mujeres a viajar.
      Y qué mejor lugar que la mar para saciar esa sed.
      Merece la pena el riesgo; aunque siempre hay que escucharla, porque siempre avisa…

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      • Inshala_Mig

        Cierto Maral, los perceberos cuentan las olas para saber cuándo llega la ola más fuerte y saber el momento exacto en el que deben alejarse de las rocas. El mar siempre avisa.

        Curiosidad y ansia de conocimiento… que grandes palabras!!!

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  3. Qué duro se hace cuando sientes que las fuerzas te abandonan… es la frontera entre quedarte ahí o seguir viviendo. Es un relato emocionante, lo he imaginado como si yo hubiera sido uno de los integrantes de esa aventura.
    Gracias Leonor Paqué por ofrecernos este relato.

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    • Gracias, Luis. Lo escribí en el Metro de Madrid, camino de la rehabilitación para el hombro. Vivimos muchas cosas y no todas llegan a ser relatadas, pero este espacio de tiempo de angustia y llegada a salvo quería salir, salir y verse expresado, aunque fuera escrito tierra adentro. Una semana después fallecía un bombero madrileño en unas costas cercanas a las del relato, mientras navegaba en un kayak.

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