Lunes , 22 julio 2019
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Madagascar y Ecuador: hambre y mosquitos

¿Qué tienen en común Madagascar y Ecuador? Para empezar, las estupendas aventuras de nuestra inshaler TeleBego, que vuelve a sacarnos una sonrisa con sus peripecias. Esta vez en dos puntos bien distantes en el globo, pero muy cercanos en su memoria :)

Una vez conocí a un señor francés en la selva de Ecuador, a orillas del río Puyo. Intentaba encontrar la palmera de la que se extraía el material para confeccionar los famosos sombreros de Panamá. No hablaba mucho español pero decía estupendamente “¡qué torrrrrrrpe!”, con una tremenda R francesa. Era torpe de verdad, pero cada torpeza la cometía con tanta dulzura que era un placer. Se llamaba Maurice y era tan blanco que los mosquitos se lo comían mucho más a él que a mí. Por eso y por más daba gusto estar con él.

 

 

Selva Ecuatoriana - Inshala Travel

Selva Ecuatoriana – Inshala Travel

Ecuador fue mi viaje antimosquitos. Allí, en la ciudad anterior a la excursión de adentrarnos en la selva, nos vendieron el más mágico de los líquidos antimosquitos. Era de las fuerzas armadas de EE.UU. y tenía un componente al 98% que en España está prohibido por encima del 20%. Por la noche en la selva no había mucho más que hacer que charlar o leer un libro tumbada en la hamaca del porche de mi cabaña. Rociada con esa poción, no podía, no me concentraba en la lectura, porque me distraía mirando cómo los mosquitos se acercaban y rebotaban en una coraza transparente a 20 cm o un palmo de mi piel. Me sentía poderosa, me reía de los mosquitos. Puede que aquello diera cáncer, pero ¡cómo me reía yo por primera vez de un mosquito al que no hubiera aplastado con mi mano!

 

No como en Madagascar, en aquel viaje en canoa de tronco vaciado, que por la noche, en la playa de arena de un meandro del río, mientras el guía preparaba la cena, en pocos segundos que encendí el frontal, me picaron cientos de mosquitos y al día siguiente tenía la cara totalmente deformada. ¡Menuda reacción alérgica! ¡Vaya viaje en canoa con la cara hinchada! Las canoas tipo tronco no son precisamente cómodas.

 

Más divertidos eran los paseos por la selva con Clemente en Ecuador. Nos hacía caminar a un ritmo trepidante entre troncos, raíces y lianas. Cuesta arriba, cuesta abajo, siempre húmedo y resbaladizo, caer y levantarse.

¡Para, Clemente, para! –le decíamos, y él seguía y seguía.

¿Estará sordo o qué? ¡Para, Clemente, párate!

No os entiendo –acabó diciendo–. Lleváis dos horas gritando que me pare y yo ya estoy parado.

¡Pero si no te has parado! Si llevamos tres horas caminando sin parar.

No se puede caminar tumbado, hay que caminar parado sobre los pies –decía Clemente.

¿Pero cómo vas a caminar parado? ¡O caminas o te paras!

Pero si solo queríamos descansar, descansar un momento –le rogábamos.

Pues haberme dicho que me chapara.

¿Cómo se dice que te detengas?

Chapa ahí, chapa Clemente.

 

¡Qué gran frase aprendimos!… Desde entonces, todo el día “Chapa, Clemente, chapa ahí”.

 

Como ya conseguíamos que se detuviera, pudimos contemplar flora y fauna, como corresponde a los turistillas que desconocen el lugar.

¿Queréis un poco de palmito? –nos pregunta Clemente.

Bueno… ¿tienes? –para el hambre también vale el palmito, pensamos.

Claro que sí, todo esto es palmito –dice señalando su selva, y de tres machetazos tira una palmera al suelo, corta el extremo superior, otros tres machetazos y quita toda la corteza, para sacar un trozo de palmito.

¿Quién quiere más?

Nooo, nooo –apesadumbrados por la masacre, se nos había quitado el hambre. Nunca más he comido palmito, ya no puedo.

 

Sin embargo, en Madagascar habría tumbado en mis horas de hambre un bosque de palmeras si lo hubiera tenido. En aquel viaje en canoa por el río llevaba conmigo dos cajas de quesitos que había conseguido en una tienda en la ciudad anterior. Ni las ciudades, ni las tiendas eran habituales ni bien pertrechadas, pero yo no sabía entonces cuánto trabajo me costaría volver a encontrar provisiones. Navegamos tres días con pollos vivos atados en la canoa. Junto con arroz plastoso, el pollo duro era nuestra comida… la única, la que hacíamos al detenernos por la noche. Y no había forma de hacer callar a la comida. Estaba tan harta de los cacareos que rogaba una y otra vez:

Por favor, mata los pollos, ¡mátalos!

No, no se puede hasta la hora de la cena, uno cada día –fue la respuesta del guía.

 

Al tercer día, cuando sólo quedaba un pollo, éste, desesperado, se calló, y esa noche me dio pena, su silencio bien merecía su salvación. Pero el hambre es más poderosa, aunque fuese un pollo correoso y duro, que chupabas y chupabas, porque masticarlo era un imposible. Eran más tiernos sus huesos que su carne, de tan atléticos que eran aquellos pollos.

 

 

Canoa Madagascar - B Gagnon - Inshala Travel

Piragua en el río Tsiribihina, Madagascar
Autor Bernard Gagnon [CC BY-SA 3.0], via Wikimedia Commons

 

Cada día al despertar ofrecía a nuestro guía y los dos remeros un quesito para desayunar. Cuatro días después, cuando abandonamos el río porque las olas eran demasiado grandes ya cerca de la desembocadura, debido al viento que entraba desde el canal de Mozambique, y tuvimos que echarnos a andar por los arrozales hasta llegar a un pueblo donde conseguir algún medio de transporte, ya nos habíamos comido los doce quesitos y me arrepentía de mi generosidad cuando ya no quedaba nada que rascar en la mochila para comer. Mangos y más mangos era todo lo que podíamos recoger por el camino para tragar. Ya no me gustan tanto los mangos. Y por la noche, otra ración de arroz plastoso, solo y soso. Entonces empecé a echar de menos los cacareos. Intentamos comprar un pollo, pero donde hay poco no venden; y bien que lo entendí: si yo tuviera en ese momento mis quesitos, tampoco los vendía y aunque me pese mi egoísmo, tampoco los ofrecería. El hambre es el hambre. A ellos les gustaba aquel arroz que comían a montañas, a mí no. Tiene delito que el país con mayor consumo per cápita de arroz del planeta, no sepa o no quiera cocinarlo con el grano suelto y enterito.

 

 

También el agua para lavarse era, en algunas regiones de Madagascar, un lujo que tardé en aprender a defender. Llegados tras una aventura en una extraña embarcación a un punto casi inaccesible de la costa del canal de Mozambique, donde se puede disfrutar, lo garantizo, de uno de los mejores buceos del mundo, nos presentaron nuestra cabaña.

¿Tiene agua? –pregunté, pues ya sabía que eso era un lujo extraño.

Por supuesto, fría y caliente.

¡Cómo se me abrieron los ojos! ¿Quizás en aquel lugar perdido, de repente, iba a toparme con lujos y exquisiteces? ¿Quizás tenían quesitos? ¿Y chocolate?

¿Cómo funciona? –pregunté, también, a sabiendas, de que agua habría, pero el mecanismo sería, posiblemente, muy ingenioso.

¡Y tanto que lo era! En seguida me señalaron dos cubos en el porche:

El agua fría –y señalaron el cubo a la sombra–. El agua caliente –y señalaron el cubo al sol–. Tenga cuidado con el agua caliente, compruébela, porque a veces quema.

 

Bueno, ojalá me hubiera sentado aquello como un cubo de agua fría, porque el calor siempre era mucho y el agua un lujo, pero no, me sentó más bien a patada en el culo. Pero no renegué, por lo menos nos traían dos cubos todas las mañanas. Eso está muy bien. Cuando volví de bucear, anhelando ese bañito de mano que arrastraría la sal de mi piel, me quedé… no helada, no, ya me hubiera gustado quedarme helada, pero más bien fue acalorada: las gallinas y las cabras se habían bebido el agua. Pregunté si habría más…

No, hoy no, puede ir a bañarse al mar, mañana no se olvide de meter los cubos dentro de la cabaña.

Por lo menos, era mar y podías bañarte, no como en el río, que al guía casi le da un patatús cuando nos vio chapoteando en el agua:

¡Atention, atention, les crocodriles, ils sont dangereux! ¡Sortez de l’eau, sortez de l’eau!

 

En Madagascar también sufrí la novatada de beber agua yodada, en vez de embotellada, que allí era difícil de encontrar. No hay iodo que mate a los bichos malgaches. Llegué a estar tan mala que no pude levantarme de la cama en tres días, absolutamente inconsciente y febril, ni el agua toleraba. Cuando abandonamos la canoa y el río, después de caminar todo el día por los arrozales llegamos a una aldea, y se repitió lo de siempre. Todo el pueblo y probablemente los pueblos vecinos también, pues eran muchos, se reunieron a nuestro alrededor. Se reían y se reían. Al principio del viaje me molestaba, pero a esas alturas, ya sabía que nosotros éramos mejor que el circo. “Vasa, vasa” (extranjero), señalaban muertos de risa con el dedo, sin tapujos, y venga a reír y reír. Yo entendía por qué. Lo entendí en la escala que hicimos en Kenia al ir hacia aquel país, donde comprendí lo que significaba ser diferente a todos. Para los malgaches, que no son negros, sino más bien tipo Indonesio, también éramos demasiado blancos y era muy raro ver a un “vasa”. Sus rostros son ovalados y de rasgos suaves y los nuestros parecen a su lado cuadrados y de rasgos deformes. Todo aquel viaje me sentí fea, muy fea, como si de pequeña me hubiera caído en una marmita de lejía. Además éramos muy raros: pedíamos y llevábamos cosas increíbles. Cuando en aquel pueblo pedimos CocaCola… ¡increíble, la había! Y cerveza, ¡también! Pero cuando pedí agua,… me señalaron un camino riendo; cuando agité una botella de CocaCola señalando que la quería como esa pero con agua… se reían y se reían, ¿¡pero cómo va a querer pagar nadie por una botella de agua con toda la que trae el río?!… ¡Hala, que es lo que hay! ¡A por agua al río!… Yo odiaba la CocaCola, pero en aquel viaje empezó a gustarme; eso, o pasar todo el día borracha de cerveza. Si volviera ahora, escogería borracha.

 

Botellas_InshalaTravelEn Ecuador todo fue más fácil. En la selva, efectivamente, el agua tratada no me sentó muy bien. Pero nuestro amigo francés Maurice me dio el remedio para no tener que visitar tan a menudo el agujero entre palmeras. Un taponcito de Pernaud. El Pernaud es un licor francés con sabor a anís; es decir, es anisete, como el del mono, pero no sé yo si el anisete español tiene las mismas propiedades que el Pernaud. Ellos tomaban todas las sobremesas unas gotitas diluidas en agua a modo de digestivo. A mí, dada mi gravedad, me recetaron un tapón. Ni corta ni perezosa, confiando ciegamente en el adorable Maurice, me tomé mi tapón del tirón. Quemaba, pero no tanto como el aguardiente local, que era matarratas mezclado con alcohol de quemar. Después de una semana en la selva nos separamos, nosotros subíamos a la montaña y ellos volvían hacia el valle de los volcanes y hacia Quito. Diez días después volvimos a coincidir en Quito con el francés. No era difícil, en uno de los dos cajeros automáticos que había en la ciudad, nos encontramos con nuestras Mastercard.

¿Ça va ta TRRRRRRRipa? –me preguntó Maurice.

Bien sur, Maurice, hace diez días que no visito el agujero, ya no me acuerdo de él.

 

Si hubiéramos estado en Madagascar, donde los aviones son tan básicos que no solo pesan el equipaje sino también a las personas, me habrían hecho pagar por exceso de mí, me llevaba todo Ecuador en mi interior.

 

                                                               TeleBego

 

 

 

 

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5 Comentarios

  1. Vaya aventuras, al menos en Peru solucionaste lo de irte por la patilla. Desde luego esas penurias son las que luego se recuerdan con mas cariño.

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  2. Menudas aventuras!! Pero seguro que compensó, verdad??

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  3. Cuantas aventuras TeleBego! Yo me he divertido mucho leyendote

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  4. Tantas penurias que se pasan, pero merecen tantísimo la pena!! Fantásticas anécdotas :)

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  5. Que angustia por dios!
    Grandes aventuras y bien relatadas

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