Sábado , 24 agosto 2019
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Normandía: el viaje de mi vida

Hay viajes que empiezan mucho antes que nosotros, como del que voy a hablaros hoy. Un viaje que arranca en la guerra civil española y que continúa hoy en mí en este pequeño apartamento de Montmartre donde París me está enseñando a ser feliz y desde el que escribo estas líneas para narraros mi viaje a Normandía de este verano, el viaje de mi vida.

 

Normandia - AuLapinAgile_Montmartre - A Ceballos - InshalaTravel

Au Lapin Agile‘, en Montmartre, el cabaré más antiguo de París

De pequeña, en el colegio, me hacían escribir esas absurdas cartas en inglés a un “penfriend” explicándole mi familia. Hoy, bastantes años después, espero que ese duro entrenamiento sirva al lector para conocer a los protagonistas de este viaje tan personal, y a la vez tan coral, que pretendo narrar.

 

Todo comienza un 31 de marzo de 1985; bueno, al menos, en lo que a mí se refiere. Aquel día, un domingo de primavera, después de tres días de resistencia acérrima, vi la luz. En el documento que recoge tan feliz acontecimiento se puede leer: “Estado civil del padre: viudo. Estado civil de la madre: casada”.

 

Sí, así soy yo, original desde el principio. Mi padre, tal y como recoge mi partida de nacimiento, había estado casado con una mujer a la que debió querer mucho por la expresión que pone su cara cuando habla de ella, pero a la que perdió para siempre porque la enfermedad fue más fuerte que el amor.

 

El padre de Antonia (sí, mi padre eligió para mí el nombre de su primera esposa y sí, mi madre aceptó) fue uno de los muchos españoles a los que el golpe de Franco alejó de su país. Después de su paso por uno de los campos de concentración con los que Francia recibió a nuestros compatriotas, acabó trabajando en una explotación agrícola de Normandía.

 

He crecido escuchando a mi padre hablar de sus viajes a Francia: de cómo su maleta no paraba de dar vueltas en la cinta mientras él intentaba hacerse entender para que alguien le explicara dónde diantre estaba; de la vez que se montó en el metro de París para ahorrarse el taxi y, cansado de intentar descifrar ese indescifrable laberinto, salió a la superficie y al final el taxi le costó más de lo que le hubiera costado si lo hubiera cogido desde el principio o de aquellos interminables viajes en tren. Escuchaba aquellas historias y no podía evitar unirlas a esas otras del niño que aprendió a leer guardando pavos y al hacerlo sentía una mezcla de pena y orgullo, orgullo de hija.

 

En las playas de Normandía - A Ceballos - InshalaTravelR

En las playas de Normandía

Por eso, cuando pude viajar a Francia la primera vez lo hice a Normandía y cuando contemplé el horizonte desde una playa de Dieppe sentí que continuaba con esos viajes que me había dejado mi padre en herencia.

 

Sin embargo, la magia de los viajes está en la sorpresa. Y 2014 me ha traído la sorpresa de mi vida: la posibilidad de vivir en el infinito París y la oportunidad de hacer con mi padre el viaje de nuestras vidas. El viaje de la suya porque ha cumplido su sueño de volver al lugar en el que un día fue inmensamente feliz “antes de morirse”. El viaje de la mía porque cuando el fatídico día llegue y ya no tenga sus chistes ni su forma de ver la vida ni esa confianza ciega que tiene en mí, podré echar la vista atrás y ser feliz al saber que él lo fue.

 

Nadie daba un duro por él, incluida yo. Todos pensamos que no sería capaz de encontrar la que un día fue su casa y, sin embargo, los viajes son generosos con los viajeros pertinaces.

 

 

La cosa pintaba mal. Fatal, para qué negarlo. Él no recordaba bien el nombre. La única referencia que tenía era la que me habían dado Juan y Angelita, una entrañable pareja, de mi pueblo a la que el destino trajo a Rouen hace más de 50 años y a la que tengo la suerte de conocer (pero ésa es otra historia). No había trenes, ni buses, ni ninguna forma humana de llegar a ese pedazo de tierra que no tenía muy claro cuál era. Pero, mi padre quería ir, así que algo había que hacer. Al final, decidí alquilar un coche en una de esas páginas de alquiler a particulares y nos pusimos rumbo a Fontaine-Le-Dun, nuestra única referencia. Allí hicimos una parada técnica y el GPS cayó en estado de coma. No importa, los viajes son generosos… y mágicos.

 

“Es por esa carretera”, dijo mi padre tan convencido que no nos quedó más remedio que hacerle caso. “Ésa, ésa es la ferma [1] de mi suegro”, exclamó al pasar por una casa que a mí me pareció igual a las otras. “Ahora a la izquierda hay un puente de madera” y, efectivamente, ese puente pequeño, insignificante, apenas visible para el ojo poco atento parecía haberlo estado esperando todos estos años como una novia que sabe que, tarde o temprano, su amado volverá.

 

“Gira aquí”, continuó diciendo con una seguridad pasmosa. “Ésa, ésa es la casa”. Paramos el coche, bajamos y nos acercamos al que un día fue su hogar. Y, como los viajes son generosos, en la casa había una pareja de holandeses que la habían alquilado para las vacaciones que, cuando estuvieron al corriente del motivo de nuestro viaje, nos dejaron entrar a echar un vistazo. Y allí estaba mi padre, como si fuera ayer cuando buscaba desesperado su maleta en un aeropuerto de París sin hablar una palabra de francés. Pero el viaje de nuestra vida no había hecho nada más que comenzar.

 

Con su padre en la casa de Normandía - A Ceballos - InshalaTravel

Con mi padre en la casa de Normandía

 

Tanta emoción nos había abierto el apetito ¿y qué mejor que almorzar en la playa de su juventud? Cogimos el coche y en un periquete estábamos comiendo unos superbocatas frente al Atlántico.

 

Después de un reparador paseo, el día parecía haber dado todo de sí, así que emprendimos la marcha rumbo a casa. Al pasar por la granja de su suegro le dije: “¿y en la ferma de tu suegro no te paras?” Dudó un instante, pero lo convencí. Cuando entrábamos, salía un coche al que obligué a pararse por gestos. El conductor salió un poco aturdido del vehículo sin entender muy bien qué era todo aquello.

 

“Disculpe, señor”, le espeté en mi mejor francés, “hace 50 años vivía aquí una familia y querríamos saber si usted sabe algo de ellos”. Él se me quedó con cara de “a dónde quieres llegar”. “Verá”, continué, “es que mi padre vivió aquí hace cincuenta años y le gustaría saber…” y señalé al coche donde aún estaba sentado mi padre. Él miró en dirección al coche, se acercó y gritó “Jean Torralbo!”, mientras mi padre asentía con la cabeza y ponía una maravillosa expresión de júbilo que guardaré siempre en mi corazón. Dijo que sí, aunque “Jean Torralbo” fuera su suegro y no él, qué importa. Salió del coche y se abrazaron y yo sentí que estaba viviendo el momento más hermoso de mi vida.

 

La 'ferma' en Normandía - A Ceballos - InshalaTravel

Paisaje de Saint-Pierre-le-Vieux, el pueblo en el que vivió mi padre

Paisaje de Saint-Pierre-le-Vieux, el pueblo en el que vivió mi padre

El señor era el yerno de la jefa del suegro de mi padre. Un poco intrincado, pero igual de maravilloso. Nos hizo pasar a la casa (“una auténtica casa normanda con más de 300 años que ha ido pasando de generación en generación”, me explicó) y fue a buscar a su suegra, una adorable señora que compartió más de 40 años de trabajo con el abuelo de 3 de mis hermanos.

 

En aquella cocina que guardaba los secretos de varias generaciones compartimos recuerdos y novedades. Era como si el tiempo hubiera dejado de parecerse a Cronos devorando a sus hijos y estuviera más cerca de una madre siempre dispuesta a dar una segunda oportunidad.

 

Y ahí cobraron más sentido que nunca las palabras que Amin Maalouf regaló a su León, el africano:

“Y tú permanecerás después de mí, hijo mío. Y guardarás mi recuerdo”.

 

 

                                                                                                            Antonia Ceballos Cuadrado

 

 

 

[1] En francés, “ferme” es granja o explotación agrícola. “Ferma” es la manera en que mi padre pronuncia esta palabra.

 

 

 

 

 

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