Domingo , 8 diciembre 2019
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Por las riberas del Huebra

¿Cuántas veces hemos deseado volver a un lugar, a un emplazamiento concreto que recordamos desde nuestra infancia? ¿Y cuántas hemos vuelto a ese espacio y nos hemos dado cuenta de que lo teníamos idealizado?

 

No es el caso de este paseo en el que visitar entrañables parajes por las riberas del río Huebra, y concluyendo en el pueblo de Buenamadre (Salamanca). Y no es el caso porque, desde hace mucho tiempo (casi digo “tiempo inmemorial”, ¿tan viejo soy?), es visita obligada de quien esto escribe, en cualquier época del año. Con el permiso del lector, voy a hacer un poco de memoria.

 

No recuerdo con exactitud la fecha del primer acercamiento al Huebra desde Buenamadre pero, con seguridad, se produjo en los años 60. Por entonces no había agua corriente en las casas y, para el lavado de grandes cantidades de ropa o la lana de los colchones, era menester desplazarse en burro hasta el río con la carga a lavar. Me cuentan que, en una ocasión, en medio del aburrimiento –pues las mujeres lavaban y yo estaba ocioso– decidí lanzar las arrapeas (cadenas que se ponen en las patas delanteras del burro para restringir su movilidad) al río “para ver cómo nadaban”. Y como quiera que en aquella época todo tuviera su valor, y las arrapeas fueran al fondo del río sin posibilidad de recuperarlas, me gané una de mis primeras collejas. Con el tiempo llegó el agua corriente a Buenamadre, las lavadoras, los colchones de muelle… pero desaparecieron los burros casi completamente y las arrapeas son una antigualla, desconocidas para niños y jóvenes.

 

En la pubertad y adolescencia, mi relación con el Huebra entraba en el terreno de la lógica transgresión que uno necesita experimentar a esa edad. Eran tiempos de acercarse a pie o en bici, a bañarnos en grupo en “el Tizón” o en “la Poza”, donde se bañaban los mayores, con el peligro que ello implicaba por la profundidad de las aguas y por el camino para arribar, lleno de vacas bravas. Recuerdo alguna ocasión en que las vacas, con los becerros recién arrebatados camino del matadero, estaban especialmente agresivas, y pasar junto a ellas jugándote el incipiente bigote provocaba una sensación a caballo entre el desasosiego (cuando no miedo) y el morbo. Por si acaso, sabíamos por dónde pasar y, en caso de apuro, a qué encina encaramarnos. Ahora el recorrido hasta el río ya sólo se hace en coche, las bravas han devenido en meras recias, con introducción de razas foráneas, y la mayoría de los bañistas acuden a la piscina del vecino pueblo de La Fuente de San Esteban.

 

Pasaron los años y, aunque llegó el agua corriente, tardaron en llegar a Buenamadre los calentadores de gas, las duchas y las bañeras, mientras el corral seguía haciendo las veces de excusado. Por eso recuerdo las tardes de verano cuando, acabada la jornada de trabajo, mi hermano Pedro y yo nos acercábamos en un desvencijado Citroën Dyane 6 a bañarnos al Huebra. Por entonces, aprovechando los últimos rayos lejanos de sol o la luz de la luna, acelerábamos el coche a lo largo del camino, tanto a la ida como a la vuelta, con la intención de atropellar a alguno de los numerosísimos conejos que poblaban la zona y que, atraídos por la luz del vehículo, atravesaban el camino peligrosamente (para ellos, claro, y también para nosotros que terminábamos con frecuencia en la cuneta). Con el tiempo, y la mixomatosis, desaparecieron los conejos; también se perdió el gusto por el vértigo y la improvisación, mientras los jóvenes se apuntaron a las emociones virtuales de la Game Boy o la Nintendo y, afortunadamente, se empezó a imponer el respeto por los animales y el medioambiente, diluyéndose los predadores del Dyane 6.

 

Seguramente fue durante la década de los 80 cuando ese crustáceo que poblaba el Huebra, el cangrejo autóctono (y al que nunca le habíamos prestado atención), despertó el interés de gentes de fuera. Casi por mimetismo bastó que alguien glosara las excelencias culinarias del Austropotamobius pallipes para que comenzara una peregrinación incesante en pos de su captura, convirtiéndose la ribera del río en improvisado aparcamiento de vehículos de pescadores ocasionales ante presa tan dócil y abundante. Y nosotros, como lelos, caímos en la fiebre; pues si los demás, viniendo de fuera, pescaban, nosotros no íbamos a ser menos siendo ribereños. Con el tiempo supe que semejantes individuos recibirían el nombre de domingueros y que el cangrejo autóctono (que tenía la virtud de consumir restos de materia orgánica y ayudaba al equilibrio ecológico del Huebra, depurando su cauce) desaparecería por una extraña enfermedad y sería sustituido por el cangrejo americano (que lejos de depurar el cauce del Huebra, lo haría y lo hace con gran parte de sus pobladores).

 

De un tiempo a esta parte (desde que abandoné el medio rural y me hice urbanita), mi relación con el Huebra ha variado sustancialmente. Obviamente, ya no persigo conejos (tampoco los hay, la verdad), ni pesco cangrejos (me los regalan), ni me baño en el río (en ocasiones está verdaderamente sucio y contaminado); incluso casi no se dejan ver las bravas. Tan sólo me dedico a observar el Huebra y su entorno, a pasearlo y a disfrutarlo.

 

En 2007 me propusieron desde “La Facendera” hacer un recorrido por las riberas del Huebra y yo, encantado, no pude negarme. Con objeto de preparar la ruta, y en compañía de los intrépidos Javier y Constancio, salimos de Buenamadre, atravesamos la zona de piornos, traspasamos una angarilla, llegamos a la zona de encinas y, tras la última de las porteras, bajamos hacia la depresión del río. Y vimos el cahozo (o caozo, o cadorzo, ¡a saber!) de “el Tizón”, comprobamos el estado del viejo puente de hierro derruido, echamos un vistazo a la huerta y la piscina colindante, abandonadas, y una vez más nos dejamos seducir por la magia de “la Poza”… Y continuamos río abajo, bajo la mirada de la peña en equilibrio imposible, dejando a la derecha el río Oblea, entre berruecos, encinas y majuelos. Disfrutamos de los remansos del río candados de terciopelo floral, de vencejos y abejarucos en vuelo imprevisible y de la posibilidad, sólo la posibilidad, de ver a la cigüeña negra o a la nutria… Y llegamos al paraje conocido como ‘la junta de los ríos’, el lugar en el que el regato de Tumbafrailes se une al Huebra y conforman, unos metros más allá, el cahozo de “la Tabla”, por esos caprichos que tiene la orografía.

 

Y no sigo, en este vano intento de separar emociones, percepciones y descripciones de esta pizca de dehesa salmantina desconocida. Lo dejo porque hay que citarse en primavera con el Huebra donde, en medio de una borrachera de sensaciones, compartiremos con quien lo desee y avise con tiempo, andanzas, peripecias y alguna que otra leyenda del río de la vida. La mía, desde luego.

 

                                                                                                                                                          Josemater

 

 

 

 

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Un comentario

  1. Precioso paraje del que nos habla Josemater. Un lugar de esos que tanto abundan en nuestra geografía, cercano a nuestro lugar de residencia y desconocido para la mayoría de la gente ¡tanto por explorar a la vuelta de la esquina!

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