Miércoles , 22 noviembre 2017
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Viaje en bicicleta por Uganda (y II)

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Continúa el viaje en bicicleta de Cris Terré por Uganda.

Tras una cena y un merecido descanso a orillas del lago Victoria,

Cris y sus amigos de Activa Solidaria retoman su viaje…

 
 

 
Al día siguiente, el ferry zarpó a las 7 de la mañana, muy puntual por cierto. Tuvimos un viajecito bastante entretenido, un viejito sin dientes tuvo la culpa: pretendía vendernos ungüentos milagrosos que lo curaban todo… Resultó gracioso.

 

Llegamos a Bukakata y… ¡a pedalear de nuevo! Teníamos todo el día por delante y el cansancio, la aventura y la emoción nos invadían. Sentía que África me entraba por los ojos, por las venas, por todos los sentidos… Por el camino nos íbamos encontrando paisanos en bicicletas destartaladas y cargados hasta los topes, unos con matoke, otros con carbón, con colchones, o incluso con niños. El paisaje ahora era distinto: habíamos pasado de pedalear por caminos anchos y paisajes verdes pero despejados, a caminitos muy estrechos por donde apenas pasaba la bicicleta; hasta adentrarnos en el bosque, donde se podía percibir la fuerza de la naturaleza aún sin domesticar.

Población rural. Fotografía: Cris Terré

Población rural
Fotografía: Cris Terré

 

 

De nuevo, otro pueblecito. Nos hemos quedado sin agua… Espero que podamos comprar unas cuantas botellas aquí. Parece extraño, pero resulta mucho más fácil comprar refrescos que agua en este territorio…

 

 

En medio del pueblecito, ¡un mercado! Fue estupendo, ya que pudimos comprar toda la comida que nos apeteció, ¡tenían de todo! ¡También  agua! Aprovechamos y compramos unos tres litros por cabeza. Además, compramos cacahuetes, tomates, pimientos, berenjenas… Y gasolina para encender nuestra cocina: ese día íbamos a comer un arrocito con verduras.

 

Parece mentira, pero en mis piernas continúan apareciendo más y más músculos.

¿Dónde estaban hasta ahora?
Seguimos pedaleando, una cuesta, una bajada, una cuesta, una bajada… Es agotador, pero es maravilloso. Estamos pasando por lugares en los que hace años que no han visto a un blanco. Es todo un privilegio para nosotros poder estar viviendo esta experiencia en primera persona…

Cris y los niños
Fotografía: Cris Terré

Pasamos por otro pueblecito, no recuerdo su nombre, pero era precioso, con las casas muy bien cuidadas, incluso con un pequeño jardín… A lo lejos se oían unas vocecillas de niños y, al acercarnos, ¡nos dimos cuenta de que era un colegio! Nos moríamos de ganas por entrar, así que dejamos nuestras bicis aparcadas en el camino y entramos. En el patio había un profesor, así que me decidí a pedirle permiso para entrar y ver una de las clases. Muy contento, nos dio permiso amablemente, incluso nos agradeció que quisiéramos entrar a verles, como si para ellos fuera un privilegio, ¡uf!

 

 

 

Al entrar en la clase de los más pequeños, empieza el alboroto. Nos regalan unas sinceras sonrisas, ¡e incluso nos dedican una canción! Para nosotros sí que es un privilegio estar así y allí con ellos… Todo lo que podemos hacer es regalarles unos globos y unos caramelos que traíamos con nosotros. Me emociona tanto este momento, que casi me saltan las lágrimas…

Paramos a comer y continuamos de nuevo nuestro camino…

Empezaba a anochecer (sobre las 19h) cuando pasamos por un pueblecito en el que allá a lo alto se veía una estupenda colina. “Debe haber unas vistas maravillosas”, pensamos. Así que nos decidimos a subir, ya a pie con la bici a cuestas… “¡Sin duda, hoy acamparemos aquí!”

 

Las vistas eran espléndidas desde lo alto de la colina. Se podían apreciar las montañas y cómo la niebla dejaba entrever los árboles, el sol se iba a dormir y la naturaleza nos regalaba un puro espectáculo de colores rojizos y amarillos… Una ligera brisa me acariciaba la cara y los brazos quemados por el sol, y se respiraba un silencio vibrante. Era como un ronroneo que surgía de entre los árboles, y todo junto creaba un momento mágico… “Solo quiero dejarme llevar…”

 

Unas risas llaman mi atención y dejo repentinamente mi estado de abstracción. La colina está llena de niños; son todos del pueblecito de abajo, que ya nos han visto subir y nos han ido siguiendo. Nos miran, nos sonríen, y poco a poco se van acercando a nosotros para inspeccionarnos de cerca… Les hacemos gracia y hablan y cuchichean entre ellos.

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Acampados y curiosos
Fotografía: Cris Terré

 

Estaba anocheciendo, así que nos pusimos rápidamente a montar las tiendas. Era un buen lugar para quedarnos a pasar la noche. Empezamos a montarlas y ya teníamos un montón de público mirándonos; ahora ya no eran solamente niños, habían subido adultos y abuelos del pueblo a vernos. ¡Éramos toda una novedad y un espectáculo!

 

Hay una niña de unos 14 años, se llama Nalubega y va con un bebé cargado en su espalda, que resulta especialmente curiosa. Se acerca a nosotros y nos habla en inglés. Tras una pequeña conversación, le preguntamos dónde podemos encontrar un poco de leña para hacer fuego. Aún no se lo hemos acabado de decir cuando se dirige al grupo de niños que están detrás de ella y les dice unas palabras en Luganda (idioma mayoritario de Uganda y que habla la etnia de los Baganda). A los dos minutos de pronunciar unas palabras, empiezan a dispersarse todos los niños en direcciones diferentes… Y aparecen de nuevo poco a poco, pero cargados de leña para nosotros. ¡Increíble!

Tres de nosotros nos bajamos al pueblo a comprar refrescos, cervezas y unos mandás para desayunar el día siguiente. Se nos ocurrió decirles a nuestros leñadores que les compraríamos unos dulces como agradecimiento a su ayuda, así que nos bajamos los tres rodeados de unos 30 o 40 niños cantando a nuestro alrededor… ¡Asombroso! Y como lo prometido es deuda, agotamos todos los caramelos y dulces de la tiendecita, que resultó ser del padre de Nalubega. Ya no eran solamente para nuestros amigos leñadores, sino que al grupo se habían unido unas docenas más de pequeñajos… ¿De dónde salían tantísimos niños?

 

Ya de noche, tocaba hacer la cena… “Esta noche comeremos un cuscús con verduritas”.

 

Seguíamos siendo como una obra de teatro para nuestros vecinos. Teníamos a todo el pueblo frente a nosotros, continuaban mirándonos, riéndose y cuchicheando. Pero, en realidad no sé quién estaba alucinando más, si ellos o nosotros…

 

Hicimos un montón de comida, así que decidimos compartir nuestro cuscús con nuestros amigos. Estábamos fascinados y encantados de pasar aquel mágico momento en tan buena compañía… Después, poco a poco nuestros vecinos se fueron marchando a sus casas…

 

Los primeros rayos de sol se han introducido dentro de mi tienda… Empiezo a oír: “Oliotya Muzungu! Muzungu!”… Abro los ojos y veo la cabeza de un niño dentro de mi tienda, mirándome fijamente, observándome con atención con unos ojos abiertos como platos. Le miro y le saludo, él suelta una carcajada y se va corriendo… ¡Qué bonito despertar!

Al salir de la tienda, vi a una docena de niños vestidos con el uniforme escolar; habían venido a darnos los buenos días y a alcahuetear antes de ir a clase. Desayunamos, recogimos las tiendas e iniciamos de nuevo el pedaleo… Nos esperaba otro nuevo día repleto de buenas sensaciones y experiencias inolvidables. Ya quedaba menos para llegar a Kabira, donde Kim nos estaba esperando con gran anhelo.

 

 

En Kabira terminaba nuestro periplo en bicicleta, pero nos aguardaban muchas más historias fantásticas que vivir en este magnífico país, el país de las sonrisas, de los contrastes, el país que nunca te deja de sorprender y que a mi particularmente me ha seducido y enganchado… Este país… Uganda.

 

                                                                                                                    Cris Terré

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