Miércoles , 22 noviembre 2017
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Viaje en bicicleta por Uganda (I)

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Sólo faltaban  un par de semanas y… ¡volvía a Uganda! Pero esta vez no iba sola, sino con mis amigos de Activa Solidaria. Nos esperaba una grandísima aventura: queríamos sentir África desde lo más profundo…
¿Y qué mejor manera que haciendo una ruta en bicicleta?

 

¡Sí! Estaba decidido, y este era nuestro plan: iríamos en bici desde el aeropuerto de Entebbe hasta la casa de Kim, en Kabira (a unos 200 kilómetros), lo que equivale a cuatro días de viaje. ¡Qué emoción! Se me venían a la cabeza algunas preguntas: ¿Qué nos encontraremos por el camino? ¿Dónde vamos a dormir? ¿Con quién nos vamos a topar? ¿Y si aparece algún animalote al que no le caemos bien? ¡No lo sabíamos! De eso se trataba precisamente la aventura, de experimentar sensaciones jamás vividas, conocer a sus gentes de primera mano y disfrutar del paisaje profundamente.

 

En Uganda la carretera principal es bastante peligrosa. Los matatus, los taxis y los coches van a toda prisa, no hay arcén y la carretera asfaltada está hecha pedazos; nadie respeta los límites de velocidad y hay innumerables accidentes de tráfico. Así que seguiremos una ruta alternativa. Desde Entebbe cogeremos un ferry hasta llegar a las Islas Ssese, en el lago Victoria, y allí pasaremos la noche… Estoy un poco nerviosa. Nos han dicho que las islas son peligrosas, ya que por la noche llegan los pescadores y pueden robarte y huir fácilmente con sus barcas por el lago, sin que nadie les encuentre… Al día siguiente cruzaremos la isla y tomaremos de nuevo el transbordador para aterrizar en tierra de nuevo. Después, nos esperaran otro par de días por caminos de tierras rojizas hasta llegar a Kabira… ¡y encontrarnos con Kim!

Mapa del trayecto. Ilustración: Cris Terré

Mapa del trayecto. Ilustración: Cris Terré

 

A una semana de partir ya tenía la bici que me llevaría al viaje. Era reciclada, y un amigo la había revisado y cambiado la cadena y el cambio de marchas. ¡Ya estaba a punto! Al final de nuestra aventura, las bicis se quedarán en Uganda…

 

Ahora le tocaba el turno a las alforjas. Había que cargarlas sólo con lo imprescindible: tienda de campaña, saco de dormir, colchoneta, algo de comida, utensilios para cocinar, cepillo de dientes y alguna muda de recambio. Sin olvidar, por supuesto, la cámara de fotos. La zona es montañosa, con muchas pendientes, y debíamos ir ligeritos de equipaje…

 

 

Cargados con la bicis y las alforjas, llegamos a Entebbe a las 4 de la mañana, y… ¿quién nos estaba esperando allí a esas horas? ¡Pues Kim, con su chico Sunday y las dos peques Rosah y Babirya! ¡Qué sorpresa tan agradable! Los vimos y nos empezamos a abrazar y achuchar, las niñas se nos tiraron al cuello… Todo eran risas, ilusión, alegría y euforia de vernos de nuevo. Cargamos bicis, mochilas y alforjas en la furgoneta de Kim y pasamos lo que quedaba de noche en un backpacker cercano al aeropuerto.

 

Al día siguiente, nos dimos un buen homenaje para desayunar. Debíamos coger fuerzas… ¡nos esperaban 4 días de pedaleo!

 

En el mismo Entebbe cogimos el ferry que nos llevaría a Lutoboka, en la isla de Bugala, en Kalangala (distrito que pertenece a las islas Ssese, en el lago Victoria). Resultaba curioso que para subirnos al ferry nos separaran en dos filas: por una subían los hombres y por la otra las mujeres. Sin embargo, una vez arriba… de nuevo mezclados.

 

Ferry a Lutoboka (Uganda). Fotografía: Cris Terré

Ferry a Lutoboka (Uganda). Fotografía: Cris Terré

 

Al llegar a Kalangala encontramos un bonito lugar, con playas de arenas blancas que nos recordaban al Caribe, más bonito aún… Nos despedimos de Kim, Sunday y las peques, y de algunos compañeros que prefirieron dejar la aventura de la bici para otro rato. Ellos continuarían su camino en furgoneta y nosotros empezábamos nuestra aventura. Nos encontraríamos con ellos en unos cuatro días, en Kabira.

 

Conocíamos más o menos la ruta que debíamos tomar, ya que un compañero previsor se había traído un GPS. Recorreríamos la isla hasta llegar a Luku, donde pasaríamos la noche.

 

Empezamos a pedalear por estos caminos de tierras rojizas y bellísimos paisajes. Es una isla preciosa y muy virgen, donde los estragos de las guerras civiles no han hecho mella. Sus habitantes, los basese, viven de la pesca y del cultivo. Resulta muy emocionante pedalear por estas tierras y encontrarte una manada de monos que empiezan a gritar desde los árboles y que se esconden al vernos. ¿Les resultaremos un poco raros?

Pasamos por un poblado cuyos habitantes, al vernos, se ríen de nosotros. ¡Pues claro, cómo no se van a reír! No estaban acostumbrados a ver un grupo de blancos, y menos en bicicleta y con los atuendos que llevábamos, con esos cascos, ropas fluorescentes y cargados con las alforjas… Menos mal que antes de partir nos advirtieron que no llevásemos puestas mallas negras. ¡Para ellos hubiera sido como vernos desnudos!

 

Los niños más pequeños se asustan al vernos, y empiezan a llorar desconsolados… Vale más que no nos acerquemos mucho… Les sonreímos y seguimos adelante.

Cris descansando. Fotografía: Cris Terré

Cris descansando. Fotografía: Cris Terré

Se acerca la hora de comer y estamos muy pero que muy hambrientos… ¡pedalear abre el apetito! Así que al pasar por un pueblecito compramos pan y fruta, y lo acompañamos con unas latas de atún que nos habíamos traído de casa… Estamos sedientos, listos para beber litros y litros de agua fresquita… Pero ni agua, ni fresquita. Donde nos encontramos sólo venden refrescos. Coca-Cola, Mirinda y Krast (una mezcla de limonada y tónica). Nos da igual, compramos unos cuantos refrescos y nos sentamos a la sombra de un árbol para comer. Qué calma, qué tranquilidad y qué bien se está… Después de comer, nos quedamos todos dormidos.

 

De nuevo a pedalear. En mis piernas empiezan a hacerse notar músculos que ni yo misma sabía que tenía… ¡y veo frente a mí una cuesta kilométrica! Así que me agarro bien al manillar y empiezo a pedalear con fuerza; las alforjas pesan, la tienda pesa, me dan ganas de dejar cosas por el camino, pero… ¿qué dejo? ¡Si llevo lo mínimo! A mitad de la cuesta decido bajar de la bici y terminarla andando. La bici se empina, yo resbalo con las piedras del camino… la subida es tremenda. Veo a alguno de mis compañeros que está igual que yo, nos miramos, nos reímos, y seguimos cargando nuestras bicis, no tenemos prisa, nadie nos espera, y aquí el tiempo no nos persigue.

 

Después de la cuesta viene una bajada de por lo menos 3 kilómetros. “¡Todo bajada, por fin!”  Al final se divisa un pueblecito… Es Luku, y justo después el lago Victoria. Allí montaremos nuestras tiendas y pasaremos la noche para, al día siguiente, coger de nuevo el ferry que nos llevará a Bukakata, dejando la isla atrás.

 

Veo la bajada, el pueblo, el lago, la emoción me invade, estoy entusiasmada… Le doy zancada al pedal y empiezo a bajar a toda velocidad, el aire me acaricia la cara, la sensación de libertad es sorprendente, ya no estoy cansada, huelo a África, me invade la felicidad…

Llegamos a Luku, estábamos todos muy entusiasmados. Ahora debíamos buscar un espacio donde plantar las tiendas… Y, de repente, vimos una cabaña de madera donde se podía leer “Hotel”, pintado a brocha, y un poco más a la derecha un cartel más moderno y patrocinado por una compañía telefónica ugandesa, donde se leía “María Venna”. ¡Vaya sorpresa, un hotel! Tomamos asiento en el porche del hotel para tomar algo de beber y enseguida salió una simpática señora, con una sonrisa inmensa. La saludamos en Luganda: “Sulabulungi nyabo, Oliotya?” (“Buenas tardes señora, ¿cómo está?”). Y ella, sorprendida y con una gran carcajada, nos contestó: “Gyendi, tubasanyukide” (“Muy bien, bienvenidos”). Sí, era María Venna, la dueña del hotel. Le preguntamos si tenía sitio para alojarnos, y se le iluminó la cara. ¡Claro que tenía! Nos acompañó a las habitaciones, que estaban a 500 metros más arriba, en mitad del pueblo… Más que habitaciones, eran tres chocitas de adobe junto a su casa, y todas formaban un patio central; en la parte trasera, las letrinas… María procedió a enseñarnos cada una de esas habitaciones, estaban llenas de telarañas, polvo y mugre, y al fondo se divisaba una cama de madera con su mosquitera. Nos miramos todos con cara de estupefacción… y finalmente estallamos a reír. Ok, nos quedaríamos a dormir allí, bien envueltos con nuestros sacos de dormir.

 

Ya estaba anocheciendo, así que nos fuimos a cenar al porche de María, justo delante del lago… Poco a poco, mientras nos comíamos unos chapatis y unas samosasun par de camiones cargados con carbón y matoke, y unas cuantas boda-boda (motos), iban formando una fila delante del lago. Era la cola para coger el ferry al día siguiente…

 

Tras la cena y una cervecita caliente nos fuimos a dormir, bien rociados de antimosquitos y rebozados en el saco de dormir… Yo estaba tan cansada, que tardé tan solo un minuto en dormirme.

Continuará…

 

 

 

                                                                                                                                                         Cris Terré

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5 Comentarios

  1. La bici no es lo mio, pero dan ganas de montarse en una para hacer lo mismo que tu haces, Tus fotos como siempre maravillosas.

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    • Muchas gracias Joseba, me alegra que te gusten las fotos… no es difícil hacerlas, la gente, los paisajes… por si solos ya son una foto :) …. Y si te animas, ya sabes, una vueltecita en bici por esas tierras, seguro que te gusta !!

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  2. Hola Cris! M,encanta el teu relat! I tinc moltes ganes de viure aquesta experiència algun dia , amb bici o sense bici! Gràcies per tota aquesta informació!
    Pd: leo, te animas?

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  3. Que buen relato. Consigues dos cosas al tiempo. Que tenga ganas de hacer ese pedazo de viaje a Uganda y que lo quiera hacerlo en bici.
    Con sinceridad, no eres la mejor escribiendo pero tu historia respira mucha verdad. Me trasladas allí.
    Y preciosas fotos, de verdad.
    Ya quiero leer la siguiente entrega, cuando saldrá?
    Leo

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    • Muchas gracias Leo!
      Me alegro que te hayan gustado las fotos y el relato, y sobre todo que tengas ganas de ir a Uganda y además en bicicleta, te aseguro que es una experiencia inolvidable y para repetirla varias veces !
      Escribir no es precisamente mi fuerte, y se nota, pero si la historia te ha trasladado allí ya estoy contenta, de eso se trata, jejeje
      Pronto vendrá la segunda parte, espero que te guste también aunque no esté del todo bien escrita ;)

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