Lunes , 16 septiembre 2019
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‘Sábadomingo’ de invierno en el mar

 

Todos mis viajes cortos (los largos tienen otra cadencia) comienzan de la misma forma: con estrés. Estrés por terminar el trabajo antes de marcharme; estrés por la ropa que no ha dado tiempo a preparar; estrés por los billetes que aún no están impresos; estrés porque te has olvidado la cartera en casa y tiene que volver a por ella… Estrés, estrés, estrés… Pero no lo digo con fastidio; es de esas cosas a las que uno se acostumbra con los años y con los kilómetros.

 

Después, el primer momento de calma suele venir de improviso. En el coche, en el aeropuerto, esperando a que te sirvan la comida en el bar de carretera, o en el propio trayecto cuando el compañero de viaje duerme o lee el periódico (o ambas cosas a la vez…). O simplemente, viajando solo. Y es en ese primer momento de calma, justo en este desde el que hablo, cuando suelo comenzar a escribir; por si acaso luego los amigos, las comidas, o el propio viaje no me dejan coger la pluma. Es en esos momentos cuando uno siente verdaderamente que ha empezado el viaje. Lo bueno de empezar tan pronto a escribir es que no sabes cómo continuará tu relato hasta que vuelves a coger la libreta y lo continúas en el siguiente momento de “soledad”.

 

Viajo con mis locos amarillos, como muchas otras veces. Soy un sombra naranja, y este es el relato de un sábadomingo de invierno en Santa Pola, Alicante. La excusa, 21 kilómetros y 97 metros.

 

La llegada a la ciudad alicantina es pasada la hora de comer, pero encontramos un buen sitio cerca del puerto donde nos sirvieron los mejores calamares que he probado en mucho tiempo… Y, como no puede ser de otra forma, en un grupo de tres runners y una reportera gráfica, la dieta se va al garete: el menú se basa en arroz. Yo creo que es su forma sutil de llevarme al lado amarillo… Pero yo me resisto. Después, el encuentro con los compañeros de caminos y carreras, los acompañantes (que somos pocos), la recogida de dorsales, las sonrisas, los comentarios de “estás muy fuerte, mañana lo petas”, o “no sé, tengo la rodilla fastidiada”… Son (casi) todos amateurs, pero para mi son impresionantes.

 

Y la cena… Otra vez hidratos de carbono… “A la vuelta a Madrid, una semana a lechuga y pescado blanco”.

 

Los Chavales de la Tapia @inmaluke

Los Chavales de la Tapia
@inmaluke

Una de las mejores cosas de un viaje (por corto que sea) es esa pequeña sorpresa, ese detalle inesperado, ese encuentro imposible que se puede producir siempre que tengas bien abiertos los ojos. Porque, ¿qué posibilidades tiene alguien de conocer, en el mismo viaje, al recordman español de la media maratón (distancia que corrió en 59 minutos y 52 segundos en 2001, y aún sigue imbatible) y a un Premio Príncipe de Asturias de los Deportes? No muchas, salvo que viajes acompañando a tus locos amarillos, los ‘Chavales de la Tapia’, y que estos conozcan a Fabián Roncero, uno de los mejores atletas españoles de todos los tiempos (de la talla de Martín Fiz, Fermín Cacho o Abel Antón) y que, además, acepte la invitación a acompañaros en la cena previa a la Media Maratón de Santa Pola 2013.

Un verdadero placer conocer a una persona tan cercana, tan amigable y tan sencilla, sabiendo que es uno de los atletas que más rápido han corrido los 10.000 m y la media maratón en España; y que estuvo a punto de batir el récord del mundo en la maratón de Rotterdam, en el 98. Esos momentos mágicos son irrepetibles, y merece la pena saborearlos.

 

 

Al día siguiente…
El madrugón (tras una cena tardía). Los nervios. El desayuno energético, pero lo justo. Las mariposas en el estómago. La primera foto. El amanecer sobre el mar. El coche. El paseo hasta el punto de encuentro amarillo. El ambiente. Las caras de ilusión, como niños en un día de Reyes. La foto de grupo. El beso… El calentamiento. La búsqueda del sitio perfecto. La emoción. La estrategia. La animación. La música… ¡La salida! La marcha amarilla. La cara de los niños… y no tan niños. Los aplausos. Las volandas. La admiración. El respeto. La foto. Los keniatas. La primera mujer. Fabián. El primer amigo. ¡Él! Los demás. Los aplausos… El dolor. El viento en contra. El calor. El frío. El vendaval. El sudor. Los jadeos. Las rozaduras. La falta de aire. Los ánimos. ¡Otra vez él! El cansancio. Los pensamientos positivos… intentando apartar a los negativos. El cuerpo vs la mente. La mente sobre el cuerpo. Los últimos metros. El último aliento. ¡La meta!… El calor humano. El compañero. El amigo. El abrazo sudoroso.

La enorme sonrisa. Las anécdotas. La satisfacción por haber terminado…

 

Llevo bastantes kilómetros corriendo detrás de mi compañero de vida, cámara al cuello, zoom a la espalda, en sus competiciones contra sí mismo. Me he convertido, casi, en una mascota de su grupo de locos amarillos, en su sombra naranja. Creo que esa locura amarilla se nos contagia un poco y, a veces, algún sombra naranja se pasa al otro lado, cambiando la pancarta por el calzón corto… Y habrá quien no lo entienda, pero la verdad es que los sombras naranjas nos lo pasamos francamente bien. En especial cuando nuestros locos amarillos nos abrazan, empapados en sudor, tras los 10, 20 o 42 kilómetros. ¡Perdón! 42 km y 195 m… Que esos últimos casi 200 metros también hay que correrlos. Su satisfacción es la nuestra. Su orgullo, nuestra alegría. Y su cansancio, a veces, nuestro descanso; porque hasta que no les vemos parar, no respiramos tranquilos.

 

¿Y cómo termina esta aventura? Como tantas otras muchas, alrededor de una mesa, recordando lo vivido y disfrutando de la gastronomía local. He aprendido más en esas sobremesas que en cualquier club de atletismo…

 

El regalo...

El regalo…
@inmaluke

 

Pero además, de vez en cuando, la naturaleza te mira y te dice: “Bien hecho, muchacho. Te mereces un regalo”, y te ofrece instantáneas imborrables de la mente. ¿Se puede pedir mejor despedida que un sol de poniente jugueteando con las gaviotas?
¡Quién fuera Juan Salvador…!

 

Huck

 

 

Lo de los “locos amarillos” viene por este vídeo, que ilustra una texto de Marciano Durán.

Si eres corredor no puedes dejar de verlo.

Y si eres, como yo, un sombra naranja, sonreirás por lo bien que retrata a aquellos a los que tanto queremos.

 

 

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6 Comentarios

  1. Estupenda narración sobre una aficción que comparto, practico y que me proporciona muchas pequeñas dosis de satisfación. Gracias

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  2. Bonita historia Inma, me ha transmitido y me ha llegado. Yo tambien salgo a correr detras de nada.Besos

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  3. Precioso Inma. Algún día probaré el lado naranja porque quiero sentir yo también esas sensaciones que describes. Un beso

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  4. Muy bonito Inma, pero deberías saber también, la ilusión que nos hace veros en las carreras, animándonos en cualquier punto kilométrico. Personalmente, valoro mucho esos ánimos

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  5. Sencillamente un placer leerlo.

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