Sábado , 23 febrero 2019
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Viajar cuando eres niño: la primera vez que… ‘llegué’ al Pico Bolívar

Curiosamente, la primera vez que toqué la nieve (o, al menos, que fui consciente de hacerlo) fue en un país tropical, en plenos Andes venezolanos, con siete u ocho años. Más concretamente frente al Pico Bolívar, el pico más alto de Venezuela, con 4.978,4 m de altitud. No es de extrañar que tuvieran que ponerme oxígeno… Y es que viajar cuando eres niño tiene también su parte de aventura. Pero empecemos la historia por el principio.

 

Siendo yo muy pequeña (a punto de cumplir los cuatro años) mi padre cogió a toda la familia y nos trasladamos a vivir a Caracas. Allí estuvimos seis años, que yo recuerdo como fabulosos, y que darán para más de un relato en Inshala, lo prometo. Como imaginaréis, en un país caribeño como Venezuela, con un clima húmedo con cálidos inviernos y veranos lluviosos, hay algo que cualquier niño español podría echar en falta (más, cuando tus hermanos mayores te cuentan historias de fríos muñecos…): la nieve. No me cabe duda que en mis tres años de vida anteriores en Madrid vi varias veces la nieve en la capital, pero mi memoria consciente deseaba tanto tocar ese “material” tan extraño y frío, tan blanco y tan inmenso… Ahora lo pienso y… ¡qué maravilloso sería poder mirar por un agujerito del tiempo y ver mi carita en aquel preciso momento!

 

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No tengo ese agujerito, pero puedo intentar recordar…

 

A principios de los años 80 (podéis corroborarlo en la fotos…), una familia de cinco miembros y un matrimonio amigo cogieron su coche Malibú y pusieron rumbo a Mérida, estado de Mérida, desde Caracas. Sobre el mapa, ahora mismo, son unos 730 km; hace treinta años, seguro que había alguno más… Atravesando varios estados, desde la costa norte hasta Sierra Nevada, al oeste del país, lo recuerdo como un viaje de varios días hasta que llegamos a destino; una vez más (ya desde entonces…) lo importante no era llegar, sino ir. Carreteras de montaña y paisajes con una vegetación exuberante son las imágenes que más me vienen a la cabeza. Pero yo sólo pensaba en cómo sería ese momento en que, por fin, tocaría la nieve.

 

 

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Finalmente llegó el día, y después de una rica cena criolla y de hacer noche en la ciudad, tocaba madrugar para acercarnos al teleférico a hacer un rato largo de cola. No recuerdo si fueron minutos u horas, pero me inclino por lo segundo. Lo que sí recuerdo es que todos llevábamos ropa de abrigo y que aquello me llamaba poderosamente la atención; ¡no olvidemos que estábamos en Venezuela! El Teleférico de Mérida es una maravilla de la ingeniería; se trata del teleférico más alto y el segundo más largo del mundo (por sólo 500 metros). Une la ciudad de Mérida con el Pico Espejo, en Sierra Nevada (en los Andes venezolanos), a través de 12,5 km de trayecto y alcanzando una altura de 4.765 metros sobre el nivel del mar. Transcurre por cuatro

tramos (en realidad, es un sistema de cuatro teleféricos), y en cada estación bajábamos de una cabina y esperábamos a la siguiente… Así, durante los alrededor de 50 minutos que dura todo el viaje, sin contar el tiempo de espera entre estación y estación. Barinitas, La Montaña, La Aguada, Loma Redonda y, por fin, Pico Espejo… Ya sólo quedaban unos metros… Ya había visto la nieve desde la cabina, y estaba a punto de cogerla con mis manos, de poder… “Pero… ¿qué me pasa…?”

 

 

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Lo siguiente que recuerdo es encontrarme sentada en una camilla, dentro de una sala, con mi madre y mi hermana a mi lado, arropada con una manta y con algo tapándome la boca y la nariz, algo que no me dejaba hablar bien. Me habían tenido que poner oxígeno. Y por lo visto, era algo bastante frecuente, vista la cantidad de personas con cara pálida que había a mi alrededor. Pero a mi no me preocupaba el oxígeno, ¡yo quería tocar la nieve!

 

La pálida Huck, cumpliendo su sueño por fin

La pálida Huck, cumpliendo su sueño por fin

Tuve que esperar un rato, que a mi se me hizo eterno, hasta que entré en reacción con un chocolate caliente que me obligaron a tomar. No es que no me gustara el chocolate, ¡es que veía la nieve a través de las ventanas de la estación, y no me dejaban salir! Finalmente el chocolate hizo efecto y yo recobré el aliento y el color de mis mejillas, y pude realizar mi sueño…

 

Visto desde la ‘adultez’ (como diría Mafalda) parece una tontería, porque además la poca nieve que había en el Pico Espejo aquel día estaba dura y apenas se podía hacer una bola de nieve con las manos. Pero a mi me daba igual, yo estaba feliz porque había conseguido crear una de aquellas bolas blancas con mis propias manos, para lanzársela a mi hermana que pululaba por allí igual de pálida que yo… Había conseguido realizar mi pequeño gran sueño.

 

 

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Pico Bolívar, desde el Pico Espejo

Hoy en día, el Teleférico de Mérida se encuentra cerrado al público por remodelación. Pero es posible disfrutar de sus increíbles vistas gracias a Internet. Si queréis daros un bonito paseo por sus estaciones y llegar (aunque sea virtualmente), como hice yo, hasta la cima del Pico Espejo, y contemplar desde allí la inmensidad de los Andes venezolanos, no dejéis de pasaros por aquí. No os decepcionará…

 

 

                                        Huck

 

 

 

 

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