Martes , 4 agosto 2020
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De viaje con Cortázar por la autopista del sur

'Atasco de miniatura'. De viaje con Cortázar

‘Atasco de miniatura’
Autor: Guisval, vía Wikimedia Commons

 

“Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos)…”

 

De esta manera tan visceral, sensitiva y visual comienza La autopista del sur, de Julio Cortázar, la historia de un grupo de viajeros que, inesperadamente, se encuentran en una situación insospechada: un atasco monumental casi a las puertas de París, que les deja atrapados en sus automóviles durante horas, días, semanas, meses… El tiempo termina por no importar demasiado, lo que importan son las relaciones que se establecen entre los habitantes de aquella “ciudad improvisada”. Cortázar describe una realidad que vivimos constantemente, sin apenas darnos cuenta: la historia de los que entran y pasan por nuestras vidas. El viaje (y sus vicisitudes) como metáfora de la vida.

 

 

Conocí a Cortázar hace años (no en persona, ya me hubiera gustado a mi… digo literariamente), con uno de sus cuentos maravillosos: Continuidad de los parques. Aquel relato breve me sorprendió tanto, que no lo he olvidado nunca. Y así me enamoré del maestro.

 

Cartel de 'La autopista del sur'. De viaje con Cortázar.

Cartel de ‘La autopista del sur’
ATUAM, 1996

Más tarde, en mis años de universidad, lo volví a descubrir (y “empaparme”) con una adaptación teatral de “La autopista del sur”, este cuento fantástico incluido junto con otros siete en Todos los fuegos el fuego, una obra donde el viaje toma un especial protagonismo. Aquellos meses, desde que empezamos a leer el cuento hasta la última vez que lo representamos, se convirtieron en toda una experiencia vital para mi, como lo son todas las experiencias viajeras. En aquellos meses me fui de viaje con Cortázar.

 

Al principio (“…la muchacha del Dauphine…”) fue la ilusión y el descubrimiento del lugar al que viajaríamos lo que nos movió a aquel grupo de estudiantes más nuestro director, Jorge Amich, a adentrarnos en ese mundo fantástico de Cortázar. Poco a poco el viaje se fue perfilando, se cambiaron los recorridos, el transporte que nos llevaría al destino, hasta los viajeros que finalmente terminaríamos por emprender la aventura. Una aventura que duró tres años absolutamente esenciales en mi vida, y sin los cuales yo sería hoy otra persona totalmente diferente.

 

Tras un primer año de preparativos, pasos en falso (aunque igualmente enriquecedores) y decisiones difíciles, llegaba el momento de afianzar aquel pequeño grupo de veintitantas personas de veintitantos años (como nos gustaba denominarnos) y trazar con más precisión una ruta que, sin que lo supiéramos entonces, nos llevaría a experiencias vitales que nunca olvidaríamos, a compañeros de viaje que pasarían por nuestras vidas y no volveríamos a encontrar jamás, y a descubrirnos a nosotros mismos. A convertirnos en viajeros-teatreros.

 

Al finalizar el segundo año estábamos ya preparados para realizar, por fin, el viaje soñado (sin apenas darnos cuenta entonces de que ya habíamos empezado a viajar, ahora lo sé). ¿Preparados? Bueno, en realidad uno nunca está totalmente preparado, siempre hay cuestiones que matizar, detalles que revisar antes de coger la ruta, dudas acerca de lo que te espera más allá de tu primer paso… Pero eso no debe detenerte. Cualquier viajero lo sabe. Llega un momento en que debes empezar a caminar “y ya se verá cómo salgo de ésta…”. Porque lo contrario sería no comenzar nunca, no viajar, no vivir.

 

'La autopista del sur'. De viaje con Cortázar.

‘La autopista del sur’
ATUAM, 1996

 

Llegó el tercer año y, francamente, no pudo ser mejor. Como ocurre en la propia vida, el viaje teatral dio lugar a otros viajes, esta vez no metafóricos sino reales. De avión y autobús. Recuerdo con especial cariño nuestro primer viaje a Lyon (más adelante habría más), donde participamos en el VIII Encuentro Teatral de Lyon (Festival Internacional del Estudiante), y en el que representamos la obra de Cortázar ante unos recelosos teatreros argentinos, que tras el pase nos fueron a buscar para felicitarnos y agradecernos lo que habíamos hecho con aquel texto de su venerado maestro. Y es que cuando uno hace las cosas con cariño, el resultado siempre es bueno, no hay duda. En aquel viaje-dentro-del-viaje a Lyon, nos redescubrimos, nos sorprendimos, nos enfadamos, nos reconciliamos, reímos hasta dolernos la barriga, lloramos hasta dolernos los ojos, encontramos a otros teatreros-viajeros, bailamos como sólo se puede bailar con música africana, los bongos de los cameruneses, aún tengo aquel sonido en el cuerpo, el cariño con el que uno de ellos cogía a Dauphine (en nuestra adaptación teatral manejábamos muñecos, hechos por nosotros mismos, que representaban a los personajes del cuento) y contaba una historia que todos entendíamos aún sin conocer su lengua. Una experiencia increíble, que recuerdo como si fuera ayer mismo. Y más. Y más. Y más…

 

Hubo más viajes, más representaciones, más experiencias, más risas y más tristezas. El final del tercer año fue casi, casi, un reflejo del final del cuento. Seguramente tenía que ser así, al menos en algunos aspectos. Pero no esperéis que os lo revele. Tendréis que leerlo vosotros mismos. Os traigo tan sólo una golosina…

 

“…donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante,

exclusivamente hacia delante.”

(Julio Cortázar, ‘La autopista del sur’)

 
 

Huck

 
 

 

 

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