Lunes , 22 julio 2019
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Viaje interior a Santiago de Compostela (camino francés, camino de Santiago)

Camino de Santiago, camino francés. Capitulo uno

 

Piedrafita-O Cebreiro (5 km)

 

O Cebreiro. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

O Cebreiro. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

En el Camino al fin. Caminar siempre es una aventura, pero este camino es bien distinto. Es un camino en busca de la perfección y de la huella de los millones de seres humanos que me antecedieron por él. El camino empieza siempre por uno mismo y por la introspección y el encuentro personal que acompañan la fatiga del peregrino. En realidad, ahora sé que llevo haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseé emprenderlo. Y también sé que hay un camino interior que espero recorrer desde hace tiempo, más intenso aún que la propia peregrinación a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. En el fondo este caminante busca a Dios en su Camino.

 

La tarde comienza con una dura subida por el margen izquierdo de la carretera hasta alcanzar la primera localidad gallega donde pernoctar, O Cebreiro. Allí encuentro casas de piedra, pallozas, calles empedradas y una iglesia bien antigua, Santa María a Real, del siglo IX, y siento la alegría desbordante del inicio del viaje.
La gente del lugar, amable y conversadora, parece vivir en su mayor parte del Camino y conserva ese acento meloso gallego que será una constante a lo largo de los próximos días. La tarde, ya entrada, y la suerte se alían y encuentro la última cama-litera del albergue de la Xunta. Me informo por los aldeanos del horario de misas y asisto a la de 19 horas del sábado, que ya me valdrá para el domingo. Tras rezos y confesiones, y del consabido sello de la credencial, me acerco a un mesón a tomar alguna ración y un poco de empanada gallega, y me retiro a descansar con la radio pegada a la oreja a ver quien vence en el Brasil-Países Bajos por el tercer puesto del Mundial. Las reflexiones antes de abandonarme al sueño me llevan a la certeza de saber que sólo con estar aquí, en medio del Camino, he alcanzado una gran victoria. A 1.300 metros de altitud el aire es límpido y el paisaje avasallador: campiñas, lomas, el verde por doquier, o bosques y retamas que mezclan el amarillo con el frescor del viento. ¡Definitivamente me gusta!

 
 

Cebreiro-Triacastela (21 km)

 

Alto de San Roque. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Alto de San Roque. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Cuesta encontrar el camino interior cuando el exterior se hace tan duro. Y realmente el de hoy es un día difícil de peregrinaje. La subida al alto de San Roque, pasado Liñares, me emociona: desde la altura, dominando la campiña, las lomas verdes y los bosques de pinos de montaña y abedules, un mar de nubes bajas cubre los valles y los convierte ¿por arte de magia? en un mar de blanca espuma. La subida es tendida y la sigue un pequeño descenso hasta la localidad de Hospital da Condesa, que toma nombre de un antiguo hospital de peregrinos hoy desaparecido.
Un poco más adelante me enfrento al alto de Poio, cuyas durísimas rampas finales me rompen las piernas y obligan a pararme para recuperar respiración y resuello. El potasio de un plátano me ayuda y emprendo un largo descenso entre pequeñas casas diseminadas por una senda cercana a la carretera de Triacastela, la villa de los tres castillos. En el camino salen a mi encuentro antiguas ermitas, de piedra o de pizarra, en honor a Santiago muchas, que recuerdan el sentido transcendente del viaje y el sello celestial de la credencial. Por algo la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén acampó por estos lugares. Pendientes de nuevo abruptas, ahora de bajada, terminan de machacarme las piernas. Sólo tras una buena ducha en el refugio de la Xunta al lado del río, el cansancio mengua y el suculento almuerzo con tres buenos amigos me permitirá recuperar el tono muscular perdido. El descanso vespertino es obligado, pero también escribir y reponer viandas y brebajes de sales minerales para el duro día que se avecina. Luego de lavar la ropa sucia de la jornada, la final del mundial Alemania-Argentina resulta emocionante, aunque mis doloridos pies no aguantan mucho más y me retiro antes de comenzar la prórroga y conocer el resultado final. Ya abandonado al sueño y entre ronquidos inquietantes, descubro que la realidad mundana empieza a perder pie en el Camino y decido dedicarme en cuerpo y alma a la peregrinación interior.

 
 

Triacastela-Sarria (24 km)

 

Monasterio de Samos. Camino de Santiago

Monasterio de Samos. Camino de Santiago

¡Qué día! La jornada empieza temprano: como a las 6 estoy en pie. Después de un ligero desayuno sobrepaso raudo Triacastela y elijo llegar a Sarria por el Monasterio de Samos… ¡sabia pero cansada elección! ¡Sabia para el corazón… pero agotadora para los pies! En el Camino de Santiago manda la cabeza y los pies van detrás… aunque no siempre. Así, hay momentos en que las piernas se quejan, dicen basta y algunos peregrinos quedan atrás víctimas de su propio ímpetu mal medido. Un paso firme y uniforme es sólo una pequeña garantía para alcanzar la meta: abrazar al Apóstol y ganarse un trocito de Cielo en la Tierra.
La jornada comienza por el asfalto, aunque el murmullo del agua me acompañará con su dulce música todo el recorrido hasta Samos. Enseguida tomo un camino idílico, paradisíaco, entre la sombra reparadora de los castaños, hayas y robles que jalonan las corredoiras y el murmullo musical del agua, pura melodía andante, sinfonía inconclusa que tiene por destino el mar atlántico.
Población. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Población. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Recuerdo entonces los versos de Jorge Manrique a la muerte de su padre, y paso a considerarme un riachuelo cuyo morir en el mar de Santiago anhelo como purificación. Camino por las corredoiras, veredas virginales donde la piedra hecha pizarra escolta y protege en altura la senda aderezada por el musgo, la hiedra y el verdor deslumbrante para la vista. El dulzor de la sombra y de la música juguetona del agua acompaña mis pasos y me hacen cavilar que, si no fuera porque el tiempo está pautado, estas corredoiras gallegas serían un buen sitio para quedarse estático y formar parte del paisaje. ¡Parménides contra Heráclito! ¡Todo fluye, nada permanece!… excepto el rumor del agua que acompaña al peregrino. Y al mismo son, el agua corre y baila y siempre ríe por entre las torrenteras que desde el camino avisto. Así, entre estas meditaciones, supero poblaciones como San Cristobo do Real y otras aldeas, y entablo agradable conversación con algunos paisanos en los que reconozco el ser gallego tradicional: acogedor, sencillo y bien educado, gente creyente de la tierra y del ganado, que seguramente encuentra en el peregrino a alguien distinto a quien respetar también profundamente. Estas gentes son religiosas a su modo: la muerte siempre presente en sus cementerios cercando el exterior de las ermitas, al lado de casas, establos y hórreos diseminados por los concellos que atravieso: primero el de Triacastela y luego el de Sarria.

 

Mapa. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Mapa. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Y así, tras casi tres horas de alegre parlamento con las hiedras y la vida recóndita de los bosques húmedos y verdes, llego a Samos. Un deleite para la vista y un gozo para el alma comparten la primera contemplación del antiguo monasterio que acogió al Alfonso II, el monarca en cuyo reinado se descubrió la tumba del apóstol Santiago. Extasiado, decido fotografiar todo lo que me interesa: las vacas, los ríos, las pequeñas iglesias, las callejas de los pueblos, el monasterio visto desde el camino. Y sí, ha merecido la pena el esfuerzo de desviarme esta jornada del Camino francés original y visitar el Monasterio de Samos, de traza románica en origen. Hoy lo habitan todavía los benedictinos (doce monjes y cuatro novicios… ¡no está nada mal!).

 

El padre Lorenzo, tinerfeño de la Orotava, me recibe con amabilidad y reciedumbre y me sella la credencial. “Ora et labora”, la regla de San Benito preside sus vidas y costumbres. Despúes de una detallada visita al monasterio, que guarda el claustro más grande de toda España, el alma y el cuerpo se sienten reconfortados por el recogimiento de la vida monacal y la belleza de las Nereidas de la hermosa fuente que preside el claustro menor. La guía del recinto nos informa del gran desastre que supuso el incendio de 1951, comenzado en la zona de la destilería, donde los monjes producían sus licores. Ahora quieren volver a producirlos, pero mientras tanto venden mermeladas caseras, medallas de San Benito y colgantes, pendientes y broches de aluminio, níquel o plata en forma de vieira. Aquel incendio acabó con la biblioteca y se perdieron gran cantidad de manuscritos medievales e incunables. Tan sólo se salvaron aquellos ejemplares que los monjes, arriesgando sus vidas, arrojaron desde las ventanas. Me imagino bien la escena. La restauración del conjunto monumental, de época de Franco, con sus virtudes arquitectónicas, esconde algunas curiosidades como las galerías claustrales superiores pintadas por artistas de la época: algunas meritorias; otras tan sólo laudatorias.
Finalizada la visita a la iglesia interior, de cruz latina, descubro que la desamortización de Mendizábal no pudo, gracias a Dios, acabar con el monasterio, aunque 35 años de desocupación y abandono dieron para muchos desmanes. Fuera ya de Samos, el camino se hace eterno hacia Sarria y opto, equivocadamente, por reducir kilómetros a las piernas y tiempo de camino por la carretera. Dejo pues de seguir la senda que alimenta los bosques, los robles, las hayas y castaños, el frescor del ramaje, el aroma de los helechos y la dulzura del agua. Pero manda la cabeza y las piernas responden mal y a trasmano. El atajo es un pequeño éxito para la comodidad del urbanita, pero un gran fracaso para el místico del camino interior.

 

Monasterio de la Magdalena. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

Monasterio de la Magdalena. Camino de Santiago. Foto JM de Torres

La próxima vez, si responden las fuerzas, el caminante, que escribe ya desde el albergue del Monasterio de la Magdalena de Sarria, duchado y descansado, se enmendará. Ya en Sarria almuerzo en el Descanso y devoro apenas sin respirar unas ricas lentejas y un filete empanado (no puedo hacer lo mismo con el segundo). Las vituallas me reponen las fuerzas y me animan a visitar el pequeño monasterio que me acoge, oasis de paz para el peregrino cansado. Regido por los padres mercedarios, hábito blanco y corazón sencillo, visito la iglesia y el claustro del siglo XVI. Sin embargo, las pocas explicaciones quedan muy cortas para mi curiosidad de peregrino. Así pues, recurro a una fórmula infalible para saciarme: la palabra de Dios me colma una vez más el alma y me prepara para ulteriores trasiegos.

 
continuará…
 
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Jose Manuel de Torres

 

 

 

 

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