Domingo , 17 febrero 2019
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Vivir sin miedo a morir. Tana Toraja (Indonesia)

La de hoy será la ultima cena que el señor Batotanete comparta con su familia. Tal y como lleva ocurriendo durante los últimos trece meses, el arroz, los vegetales y el pollo que llenan su plato quedarán intactos. El señor Batotanete no comerá nada porque está muerto.

Su cuerpo inerte ha ‘convivido’ durante este tiempo con su familia hasta que todo estuviera listo para la celebración de su funeral.  Trece meses recibiendo sus tres comidas diarias porque, según las creencias toraja, el señor Batotanete no está muerto, sino enfermo, y será la ceremonia funeraria la que marcará su verdadero fallecimiento y su paso a la otra vida.

Pero alcanzar el puya (cielo) no es tarea fácil. Requiere un esfuerzo que comienza muchos años atrás, ya que la vida de los toraja gira en torno a la muerte. Casi desde el mismo momento en que tienen uso de razón, comienzan a ahorrar para poder gozar de un funeral por todo lo alto. Cuando llegue ese día contarán con la ayuda y el dinero de su familia porque si la ceremonia no alcanza el nivel deseado, el alma del difunto no encontrará el camino hacia el cielo y traerá todo tipo de desgracias a sus más allegados. Por eso, es habitual en la cultura toraja ‘guardar’ en casa el cuerpo embalsamado del fallecido el tiempo necesario, desde unos días hasta diez años, para reunir los recursos que se requieren para organizar la fastuosa ceremonia.

 

Por todo lo alto

 

Durante el funeral, que se prolongará durante cuatro jornadas, hay que dar de comer a los cientos de asistentes y familiares que acuden desde diferentes puntos del país, ofrecer abundante ‘balok’ (vino de palma), y sacrificar búfalos, cuantos más mejor, pues sus almas acompañarán y ayudarán al fallecido a alcanzar el mas allá.

Uno de los trece hijos del señor Batotanete se pasea orgulloso con un magnífico búfalo albino, por el que ha pagado 15.000 dólares. Es su aportación, junto a otros dos ejemplares negros menos costosos, para que su padre encuentre pronto su destino final. Este animal es un símbolo de estatus para los toraja y representa su poder y riqueza. Cuando todo concluya, los cuernos de los veinte búfalos sacrificados se exhibirán en la fachada de la tongkonan (casa tradicional) de la familia, dando fe de que el funeral ha sido todo un éxito.

Tana Toraja. Indonesia. Inshala. Fotografía: Carlos Hernández/Concha Esquinas

Tana Toraja. Indonesia
Fotografía: Carlos Hernández/Concha Esquinas

Los invitados van llegando en grandes camionetas, y con ellos traen decenas de cerdos atados en grandes cañas de bambú, que no paran de gritar y patalear. Es su contribución para completar las comidas que se servirán durante el  largo festejo. Los diferentes grupos familiares y de amigos se instalan en unas casetas de bambú, perfectamente organizadas y numeradas, que se han construido expresamente para darles cobijo y que serán destruidas cuando finalice la celebración. A las 12.05 de la mañana, cuando el sol pasa del este al oeste, un grupo de hombres inicia un alegre desfile en el que pasean el ataúd en un palanquín, ante la atenta mirada de los asistentes, seguidos de una comparsa de mujeres engalanadas con sus mejores vestidos.

El maestro de ceremonias, armado con un potente micrófono, indica cada paso a seguir en el tomate (funeral). Un cámara graba cada momento, como si de una boda se tratara. Jóvenes musculosos sitúan el féretro con bastante esfuerzo en una estructura elevada a través de una escalera de bambú, donde presidirá el resto del funeral. Alguien se acerca con un enorme búfalo albino, sujetando firmemente la soga que prende de una argolla en su nariz. Le acaricia suavemente la cabeza, antes de atarle una pata a una estaca clavada en el suelo. Después, todo ocurre muy rápidamente: un rotundo machetazo en el cuello, la sangre del animal brota y los chavales, entre risas, toman fotos con sus teléfonos móviles desde una prudente distancia destinada a evitar que el animal, que se revuelve en su agonía, se les acerque demasiado. Cuando al fin cae abatido, a su alrededor, los hombres bailan el Ma’ badong, danza que invoca la ayuda de los dioses en el largo camino que el alma del animal junto a la del difunto deben recorrer hasta llegar a la puya.

El tercer día es el más esperado: el día del sacrificio. La euforia se apodera de los matarifes y acuchillan a los búfalos sin ni siquiera molestarse en atarlos previamente a las estacas. De repente, sin previo aviso, un machete se levanta para caer firmemente en el cuello de uno, mientras otro que corrió su misma suerte hace unos minutos, aún lucha por levantarse mientras se desangra. Unos metros mas allá, se despelleja un ejemplar, a la par que otro búfalo es descuartizado por manos expertas. Un enorme charco de sangre mancha los pies descalzos que van de un lado a otro y un fuerte hedor se instala en la aldea.

 

Algunos turistas deciden que ya han tenido suficiente ración de “gore” y abandonan el lugar, no sin antes ofrecer a la familia unos cuantos kilos de azúcar y cigarrillos, en agradecimiento a su hospitalidad. Buscan un poco de calma y visiones más amables recorriendo las pequeñas aldeas, con sus casas y graneros tradicionales. La forma de sus tejados asemeja a la cornamenta de los búfalos. O quizás representen la silueta de los barcos en los que, según la leyenda, los antepasados de los toraja llegaron a estas fértiles tierras.

 

Tana Toraja. Indonesia. Inshala. Fotografía: Carlos Hernández/Concha Esquinas

Casas toraja. Indonesia
Fotografía: Carlos Hernández/Concha Esquinas

La provincia indonesia de Toraja es un sinfín de ondulantes montañas y valles repletos de campos de arroz que se cultivan en terrazas. En cada colina se pueden encontrar las cuevas en las que aún hoy, se realizan enterramientos. Siglos atrás, los habitantes de esta región de Sulawesi enterraban a sus seres queridos junto a sus más valiosas pertenencias. Y para evitar saqueos, depositaban sus ataúdes en los más profundo de las cuevas. Actualmente, los niños  hacen de improvisados guías y muestran las tumbas armados únicamente con sus pequeñas lámparas de aceite. Algunos féretros se han deteriorado por el paso del tiempo y de los saqueadores y dejan al aire buena parte de los restos humanos. Fémures, costillas y calaveras se amontonan sobre ataúdes rotos creando escenas dantescas.

 

En el pasado, este era el lugar de reposo de la mayoría de los toraja. La excepción la marcaban los desafortunados bebés que murieron antes de que asomaran sus primeros dientes. Estos recién nacidos eran ‘enterrados’ en un hueco realizado en el tronco de un árbol. En ellos eran  colocados en posición vertical, para que “crecieran” en la dirección del árbol, hacia el cielo, alimentándose del látex que rezuma de su interior, como si de la leche materna se tratara.

 

Hoy en día, debido al auge del cristianismo y, en menor medida, del islam, los enterramientos han cambiado. Los bebés fallecidos ya no acaban en el interior de los árboles. Los adultos son enterrados directamente en cementerios o, en la mayoría de las ocasiones, en huecos excavados en las rocas. Un sepelio que, de alguna manera, es fiel a la ancestral tradición, aunque la presencia de cruces recuerda el progresivo sometimiento de las creencias locales a las religiones mayoritarias.

 

Nada en Tana Toraja deja indiferente al viajero. A pesar de la llegada de la modernidad, de internet y de la omnipresente telefonía móvil, sus habitantes se enorgullecen de su tierra, de sus creencias y de sus costumbres. Pero si de algo se sienten especialmente satisfechos, es de la forma en que hacen frente a la muerte: sin miedo, con el convencimiento de que es el comienzo de algo mejor, y también con alegría porque supone la culminación de toda una vida.

 

Carlos Hernández  y  Concha Esquinas
Sigue el blog de Carlos Hernández “Ahora ya no me importa molestar”
 

 

Haz clic en cualquier foto para ver la galería fotográfica. Autores:  Carlos Hernández/Concha Esquinas

                                                                                     

 

 

 

 

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5 Comentarios

  1. Gracias Vicenta y Joseba por vuestros comentarios. Esta es nuestra primera colaboración con Inshala, y seguro que repetimos!!!

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  2. Una tradición impresionante. Carlos, Concha, ¿sabéis si este rito se realiza en todos los casos de fallecimiento? Entiendo que si es así, pueden coincidir varias celebraciones seguidas…
    Gracias por divulgar estas culturas tan alejadas a nuestra concepción occidental de la vida y la muerte y felicidades por las fotografías.

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    • Hola Judit. Gracias por tu felicitación. Estos ritos se concentran principalmente en los meses de julio y agosto ya que para los indonesios es un período vacacional y les resulta más fácil reunir a sus familiares y amigos en estas fechas. En nuestra estancia allí coincidimos con varios en las mismas fechas.
      No obstante, puedes encontrar funerales en cualquier época del año.
      Un saludo.
      Concha

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  3. Estupendo artículo! Es increible como cada pueblo afronta la muerte y despedida de sus seres queridos.

    Muy buenas las fotos también.

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  4. Es sorprendente que pueda conservarse una creencia fúnebre tan insólita, en medio de dos religiones tan poderosas como el Cristianismo y el Islam. Las fotos son magníficas y algunas realmente impactantes. Gracias Carlos y Concha por vuestro excelente trabajo. Saludos

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