Miércoles , 21 noviembre 2018
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Yosemite, Tierra de Gigantes

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Los americanos podrán ser cualquier cosa, pero desde luego no se les puede achacar que no se organicen bien.

Y lo digo porque aquel día de noviembre, mientras llamaba a la Central de Formación en Texas, me dieron todo tipo de facilidades para adaptar mis cursos de formación a mis horarios y mi agenda. En aquel entonces acababa de llegar a Santa Clara, en la mítica California, donde debía pasar unos meses de mi vida formándome en mi flamante nuevo trabajo como ingeniero en semiconductores en una mega compañía americana.

 

Vivía en los apartamentos Marriott Residence Inn, en Santa Clara. Dos plantas, con cocina y hasta un mini jacuzzi en la puerta de cada apartamento, donde todos los días te renovaban la nevera de cosas básicas. Zonas ajardinadas comunes, lavandería gratuita y un parking como el de un hipermercado. Recuerdo la primera vez que me decidí a usar la “charquita” de mi apartamento. Hacía bastante frío, y lo peor no fue salir corriendo para meterme en la burbujeante agua calentita, lo peor fue salir empapado y corriendo hasta la casa, porque la sensación térmica tras el baño caliente era heladora.

 

Route 101 - Fastily

‘Highway 101′
Autor: Fastily

 

En el aeropuerto me habían dado un Chevrolet Cavalier de alquiler pagado por la empresa, mi primer coche automático. La verdad es que para ser de los más básicos de la gama, tenía un aspecto muy deportivo, y aunque a mí los coches automáticos me parecen un soberano aburrimiento la novedad me hizo disfrutar mucho de él. Como siempre, la experiencia de conducir en ciudades tan diferentes es emocionante; ya lo viviría de nuevo cuando fuese a New Castle en Reino Unido, pero esa es otra historia. En este caso, los principales puntos a recordar son tres: 1) los semáforos en los cruces están al otro lado de la calle, 2) no te pases nunca de velocidad, y 3) si te pasas y te para la poli… jamás te bajes del coche si no quieres que te encañonen con una pistola. Manitas al volante y amabilidad.

 

Pues ajustada ya mi agenda de cursos de formación y pertrechado con todo tipo de parabienes de la empresa (mochilas, carteras, camisetas…), me decidí a planificarme algunas rutillas turísticas. Fui a Las Vegas junto con dos compañeros; recorrí la 101 rumbo Sur hasta Santa Cruz; fui a visitar Napa Valley, al norte, con la ayuda de una señora muy amable que conocí en el vuelo de ida y con la cual aún mantengo el contacto; e incluso me fui de compras a un “outlet” del tamaño de un pueblo grande cerca de Santa Clara. Un colega me recomendó emplear algún día en ir al Parque Nacional de Yosemite. La tirada en coche era considerable, ya que necesitaba en torno a cuatro horas para cubrir los más de 300 km rumbo Este que me separaban del Parque; pero a mi conducir no me desanima nunca. Dicho y hecho, cogí mi flamante y pequeño “Chevy”, como le llaman ellos, y puse rumbo a mi destino. Música country en todas las emisoras… Durante un rato puede ser hasta divertido, pero al cabo de un par de horas apagué un rato la radio, disfrutando del trayecto en silencio (lo mismo sucedió en mi visita a Las Vegas, hay que ser muy duro para resistir semejante monográfico country).

 

'Do not feed...' (Álvaro J. Gordo, Yosemite Park)

‘Do not feed…’
Autor: Álvaro J. Gordo

Yosemite está situado en un hondo valle.

La autopista llega casi al borde del mismo, pero después el recorrido transcurre por carreteras serpenteantes y sinuosas en su interior.

En vista de lo que me esperaba y ya en la frontera de la reserva natural, decidí parar a echar combustible en la primera gasolinera que viese.

La verdad es que es barato, aunque no tanto como para justificar la cantidad de petróleo que producen. Llené el tanque a tope, y me dispuse a pagar. Cuando volví, me di cuenta que me había dejado las llaves en el contacto… craso error. Pero mis manos temblaron cuando al tirar del picaporte vi que la puerta no se abría… No podía ser. Probé la otra puerta… el maletero… sin éxito: estaba cerrado a cal y canto. El temporizador había accionado el cierre automático del coche a pesar de estar las llaves puestas en el contacto. “¡Dios Mío…!” A cuatro horas del hotel, sin teléfono móvil, en una gasolinera perdida en medio de un parque natural, empecé a pensar de todo a toda velocidad (llamar a AVIS, romper el cristal con una piedra, llorar un poquito…). Mientras buscaba un pedrusco para darme a mi mismo en la cabeza, me di cuenta de que la ventanilla del conductor estaba abierta unos diez centímetros. Pero aunque soy pequeño, mi mano no cabía y mucho menos llegaba a coger el pestillo de la puerta por dentro. La cosa pintaba mal…

 

En ese momento salió de la gasolinera el ‘típico granjero americano’, con su camisa de franela de cuadros y con barba y bigote desaliñados. Al verme “pegarme” con el coche me preguntó, y le comenté la situación. El resto sucedió muy rápido. Entró en la gasolinera, habló con el dependiente y salió perfectamente armado con…

¡un flamante escobillón de WC! Era uno de esos antiguos escobillones de alambre trenzado que forman una gacita en el extremo para poder colgarlo. Se acercó al coche, lo dobló en forma de garfio y metió una de sus enormes manazas con el reformado escobillón por el hueco de la ventanilla, logrando tirar del picaporte interior y desbloqueando la puerta. “¡Sí!” No le abracé porque me daba reparo, pero la verdad es que le di las gracias tantas veces como pude (¡qué mal momento!).

 

'El Capitán' (Álvaro J. Gordo, Yosemite Park)

‘El Capitán’
Autor: Álvaro J. Gordo

 

Una vez que se me bajaron las pulsaciones, determiné continuar mi viaje rumbo hacia “abajo”. Seguí las serpenteantes carreteras que bajaban al centro del valle escoltadas por inmensos árboles, entre los que había jóvenes e inmensas sequoias que casi no dejaban pasar la luz del sol. Ya en el centro del valle llegué a una zona que parecía un lugar de encuentro de autocares y otra de hoteles llamado Yosemite Village, configurado como un pequeño pueblo. Aparqué junto al Ahwahnee Hotel donde entré buscando alivio y un refresco. Ya era casi diciembre y un montón de adornos navideños colgaban de inmensas chimeneas (calculo que, por donde me llegaban, medirían unos 2×2 m). Salí de nuevo y me dispuse a conocer aquello someramente. En realidad, es imposible ver el parque en tres días y menos en uno. Pero vi una buena oferta de ruta en autocar y parecía una opción rápida y eficaz. Arrancamos y dimos una vuelta junto al río hasta llegar a una preciosa zona, donde nos bajaron para poder contemplar al majestuoso El Capitán, una formación rocosa de proporciones inmensas (como todo lo americano) con paredes verticales y algunas formaciones más pequeñas en su parte baja, que le confieren el aspecto de un sombrero de los antiguos almirantes o capitanes de barco. Tras hacernos unas fotos, fuimos de vuelta al autocar y continuamos la ruta junto al río que discurre por la base del valle. Antes de llegar al destino, un extraño frenazo del conductor nos puso a todos en alerta…

No me enteraba bien de lo que ocurría pero no veía a nadie preocupado. Y, entre los diferentes acentos y

'¡Coyoteee!' (Álvaro J. Gordo, Yosemite Park)

‘¡Coyoteee!’
Autor: Álvaro J. Gordo

expresiones de sorpresa, llegué a entender lo más importante: “¡Coyotee!”.

Delante del autobús, cruzando la carretera con la mayor calma del mundo pasó un coyote, en este caso sin su correcaminos.

“¡Vaya, mi primer coyote!”

Pude hacer una foto (salió movida) del animalito y seguimos de vuelta hacia el punto de partida. Allí me animé a coger el coche y explorar un poco la zona por mis medios.

 

 

 

'Mariposa Grove' (Álvaro J. Gordo, Yosemite Park)

‘Mariposa Grove’
Autor: Álvaro J. Gordo

Fui rumbo a Mariposa Grove, una zona boscosa llena de pinos y jóvenes (aunque igualmente inmensas) sequoias, donde pude pasear y disfrutar del espectáculo de caminar entre gigantes. Realmente hay una zona donde estos árboles tienen dimensiones desproporcionadas; sin embargo, me pillaba demasiado retirado como para ir hasta allí mientras que esta zona estaba localizada más cerca de la salida del parque. Seguramente lo habéis visto en fotos, con coches pasando por debajo de los árboles en donde han horadado agujeros para que las carreteras los atraviesen sin tener que dar mucho rodeo. En este caso, no pasaba un coche por debajo de las que pude ver, pero pasé yo debajo de una de las más “pequeñitas”. Troncos limpios sin ramas hasta que al llegar a una altura determinada aparece el ramaje con todo su esplendor.

'Caminando entre gigantes' (Álvaro J. Gordo, Yosemite Park)

‘Caminando entre gigantes’
Autor: Álvaro J. Gordo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La luz despistaba mucho ya que a pesar de que era temprano, a esa hora los árboles ciclópeos ya no la dejaban pasar.

En un momento dado decidí que la claridad

ya se empezaba a ir muy rápidamente y me monté en el coche, pensando que daba por bueno el viaje. Salir del parque no es baladí,

y menos a esas horas. Había pocas señalizaciones y el aspecto del bosque estaba mutando de alegre y espectacular a oscuro y con tintes de película de terror. No me gusta ese tipo de cine, pero me recordó

a El Proyecto de la Bruja de Blair. Y eso, unido a que por todos lados hay indicaciones de que es mejor no bajarse del coche fuera de las zonas señalizadas (como aviso ante la posible aparición de un oso Grizzly o similar), vas pensando que es mejor que no te entren ganas de hacer un pis. Con las luces del coche generando sombras en los monstruosos troncos, la cosa no mejoraba. Menos mal que no soy miedoso, pero vamos… impone respeto. Ahora entiendo lo interesante que puede ser quedarse a dormir en uno de los innumerables hoteles del parque; aunque esta escena vale la pena verla, aunque sea una vez en la vida.

 

Cuando por fin sales del valle y vislumbras el resplandor de la autopista tienes sentimientos encontrados: por un lado agradeces salir de la oscuridad, y por otro te apena abandonar ese bello lugar.

 

Hace poco escuché la noticia de un incendio en la zona, y la verdad es que sentí pena por pensar lo que se podía haber perdido.

 

De vuelta al hotel iba recordando a aquel pequeño coyote, y sonriendo…

 

 

Álvaro                                

 

 

 

 

 

 

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10 Comentarios

  1. No sabía que habías estado por allí. Me encantó tu aventura y como la relatas. Me metí en el personaje…jejeje. Un besazo

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  2. Je,je,je, lo de dejarse las llaves dentro del coche me suena, pero en mi caso no tenía a Mcgiver cerca como en tu caso. Divertido relato Alvaro, muy entretenido y ameno y el tener como escenario el impresionante Valle de Yosemite, es dificil de superar. Gracias por el buen rato que me has hecho pasar.

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    • Un placer Joseba. Lo peor es que con lo nervioso que soy (a parte de super despistado) al principio se me vinieron todos los fantasmas encima, pero cuando lo pensé friamente ya pude darme cuenta que siendo un coche de alquiler y dada la situación, a malas hubiese roto un cristal y punto, allí no me iba a quedar. Gracias mil

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  3. No haber conocido aún ese lugar, me ha permitido através de la lectura de tu relato, llegar a sentir parecidas sensaciones a las que tu experimentaste ese día.

    Me has hecho sentir lo que otros han hecho anteriormente con otros relatos.

    Sencillamente, fantástico.

    Felicidades

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    • Gracias David! La culpa la tienen los “Inshaleros” que están trabajando a tope con este fantástico blog.
      Al final, en un momento dado, te acaban enganchando, porque da igual si es sobre unas zapatillas, en un avión, en un coche o en monopatín, todos en un momento dado hemos vivido algún “viaje” que nos ha marcado para siempre. Os invito a que os animéis :)

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  4. Cristina Guzman Lopez

    Que gran relato Alvaro. He reconocido muchas de las sensaciones que descubrì allí en 1993…¡Que sitio ¡…¡Como impresiona alli la grandeza de la Naturaleza¡. Siempre pense que el parque era la esencia del espíritu americano…”todo a lo GRANDE!”.

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    • Gracias Cris! La verdad es que sí. Al llegar a EEUUpor primera vez, verdaderamente es una de las cosas que te han contado, pero sorprende. Grandes casas, grandes coches, grandes carreteras, grandes… “seres humanos andando por la calle” :) :) o grandes centros comerciales. Parece como si los americanos hubiesen querido imitar lo que les rodea.Es una experiencia que hay que vivir. Bss mil

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  5. Que bonita aventura, Álvaro. Lástima que sólo tuvieses un día para disfrutar el parque, seguro que daba para dos o tres…
    Me has recordado el paisaje de California. Yo estuve hace 25 años, residencia en casa de un granjero en Big Bear, cerca de San Bernardino. La exuberancia de los grandes bosques contrastaba con grandes parajes desérticos, donde el único arbolito en millas a la redonda eran… joshua trees (Yo tenía un walkman y le decía al granjero -”look, look, johsua tree, as U2 new single!!” Pero el granjero el único U2 que conocía tenía alas y no hacía por entenderme mucho la verdad).
    Bueno, que me ha gustado mucho el relato y me ha transportado un rato a mis 15 años. Gracias por el momento que me has regalado.
    Abrazos.

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    • Gracias Manuel. La verdad es que en otro país, igual me hubiese planteado quedarme algún día más, la opción era esa o conocer más lugares. Como no tenía mucho tiempo escogí la opción B.
      La verdad es que veo por tu respuesta, que siempre hay sinergias en los viajes, en este caso relacionas tu viaje con la música como yo (aunque en mi caso, con algo que no me apasiona como el country). Espero volver algún día y si no, siempre me quedará este recuerdo que los amigos de Inshala me han ayudado a aflorar. Abrazos

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